La Inquisición Auténtica
Dando fe de sus 1,477 procesados y 32 condenados a muerte, el Museo de la Santa Inquisición cuenta ahora lo que realmente fue.

Creado en 1569 como un órgano de control favorable a la fe y al poder político, la Santa Inquisición fue el brazo armado y legal de la intolerancia hasta hace más de un siglo. En Lima, los cientos de procesados dan cuenta de una institución que aunque cruenta, no lo fue tanto como se ha dicho. Más aún, cuando tribunales civiles y otras iglesias protestantes exhiben un balance más dantesco. Aquí, un breve paseo por sus oscuros pasadizos.

El garrote, una pena capital, podía coronar jornadas diarias de tormento de hasta una hora y cuarto como máximo.

EL cable de la agencia de noticias del Vaticano no dejaba lugar a dudas. La Santa Sede, en inobjetable despliegue de verbosidad celebrativa, invitaba a sus fieles del mundo a visitar el Museo de la Santa Inquisición de Lima. Desde ese momento, una curiosidad se instaló en la mente de quienes navegaban despreocupadamente por internet ¿Cómo y por qué la Iglesia promocionaba a una de sus instituciones más repudiadas? La respuesta aparecería al trasponer las puertas del museo.
Hasta hace unos meses y gracias a unos risibles maniquíes de espanto, nuestro Museo de la Inquisición era recordado como fuente inagotable de pesadillas infantiles. Hoy, luego de su remodelación y de la publicación de nuevos trabajos historiográficos, sus responsables inician el camino de desmitificar mucho de lo dicho.
El licenciado Fernando Ayllón, jefe del Museo y uno de los principales artífices del cambio, ha editado además "El Tribunal de la Santa Inquisición. De la leyenda a la historia", un trabajo de casi 700 páginas dedicado a desentrañar los misterios reales y ficticios del santo oficio en Lima. Ayllón, mientras recita de memoria nombres y fechas cual niño aplicado, no deja de enorgullecerse por una gestión que ha hecho saltar de felicidad las sotanas pontificias.

Fernando Ayllón, jefe del museo, muestra remodelada y fiel cámara de tormentos.

"Aquí no caben ni una actitud apologética ni un ataque. Juzgar con ojos del siglo XX a una institución tan importante en el siglo XVI sería un anacronismo", dice antes de que reviente el chupo. Claro, quién en estos tiempos de ferviente liberalidad defendería a un organismo represivo. Pero tanto se ha dicho de la inquisición limeña que aún es difícil separar la verdad histórica de las fábulas acuñadas por anticlericales de todas las épocas. Ante esa perspectiva, Ayllón saca la garra y comienza a enumerar las ficciones que la rodean.
Curas administrando tormentos, miles de ciudadanos procesados por herejía, cientos de torturados hasta la muerte en sucias mazmorras y decenas de quemados en la hoguera son parte de ese "balance" nutrido de ficción. Indígenas ajusticiados y brujas empaladas luego de ser paseadas del puente a la alameda, engrosan este anecdotario. Pero lo que más incomodaba a sus estudiosos era la instalación escenográfica de tormentos nunca practicados por la Inquisición en Lima. "El fuego administrado a la planta de los pies simplemente no existía, ni la gente encadenada a las paredes, pero eran parte del antiguo museo", señala Ayllón.

"Tormento del agua" con Potro Dorsal en alegoría del siglo XVII.

Hoy se explica a los visitantes que los únicos encargados de aplicar tormentos eran los verdugos -un respetado oficio de su época-, que sólo se procesó a 1,477 ciudadanos por diversos delitos contra la fe y el orden público -bigamia en la mayoría de casos-, que sólo se torturaba en casos extremos y utilizando los medios de los tribunales civiles -más crueles y sofisticados por ese entonces- y que en 2 siglos y medio de funcionamiento fueron condenados a muerte "sólo" 32 personas -el francés Mateo Salado, vaya apellido, el primero de ellos-, la mitad achicharrada en la hoguera y los restantes pasados a garrote (ahorcamiento por torniquete).
En la aplicación de estos tormentos había un conjunto de reglas a seguir. La tortura sólo era aplicada en muy contados casos: la Inquisición limeña la aplicó al 9% de sus procesados -los tribunales civiles la operaban en un 90%, cuenta Ayllón- y únicamente cuando se trataba de "perjuros" (que habían jurado sobre la Biblia en vano) o ante la abierta contradicción de lo expresado por el inculpado y la versión de 3 testigos. Entonces sí que el sospechoso las tenía negras.
Aunque configure una extraña forma de benignidad, el tormento "sólo" era aplicado por un tiempo máximo de hora y cuarto -en el campo civil no había un límite determinado- y estaba prohibido seccionar el cuerpo, provocar hemorragias o cualquier tipo de mutilamiento. "El médico y los propios inquisidores, sacerdotes al cabo, supervisaban que no se le pasara la mano al verdugo y continuamente reconvenían al acusado para que confesara y evitara el castigo", explica el director del museo.

"La garrucha" se sigue aplicando sin santos de por medio.

De los condenados a muerte se sabe que 23 lo fueron por judaizantes y 6 por luteranos -en estos protestantes la corona encontraba una seria amenaza-, 2 por sustentar y difundir proposiciones heréticas y un alumbrado (falso santo). Las ejecuciones por hoguera o garrote eran rápidas y no se añadía sufrimiento adicional al desdichado, la idea de salvar su alma, incluso a último momento, era motivo de sobra.
"Jamás se procesó indígenas -estaban exceptuados- ni fue quemada "bruja" alguna. A veces los incriminados eran sacerdotes que faltaban gravemente a su deber o que acosaban sexualmente, por medio del chantaje, a alguna dama", afirma Ayllón.
Muchos de estos malentendidos surgieron a raíz de su fundación como museo, en julio de 1968. Su entonces jefe, el general Carlos Bockos Heredia, dispuso de espacios y escenografías en forma arbitraria, dando lugar a la proliferación de datos falsos. Además, la fabricación de sus recordados muñecos estuvo a cargo de los propios trabajadores quienes, entre refrigerios y la práctica visiblemente incipiente de manualidades, contribuirían con su controvertida fama. Y Ricardo Palma, desde sus "Anales", agregaría su cuota de ficción al tema.
Ahora, con estos cambios, se explica el entusiasmo purpurado por airear este recinto. Que sea el ánimo de conocimiento y no un renovado apetito inquisitivo, el que promueva su visita. (Pedro Tenorio).