Celebrando Los Derechos Humanos
En el Cincuentenario de la Declaración Universal, premios de la
CNDDHH hacen justicia a los Aguarunas-Huambisas, reconocen
a Pilar Coll y honran a CARETAS.

Noche cálida la del viernes 19 de marzo en el Colegio de Abogados de Lima. Ante un auditorio repleto, no sólo de activistas de derechos humanos, sino también de autoridades, diplomáticos, periodistas y público en general, la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) entregó sus premios anuales, en una ceremonia enmarcada dentro de la celebración por los 50 años de la Declaración Universal, proclamada en París en 1948. El premio Angel Escobar Jurado recayó esta vez en el pueblo Aguaruna-Huambisa, al cual se le distinguió por su esfuerzo constante en favor de la unidad de su etnia, repartida tanto en Perú como en Ecuador. CARETAS, a su vez, fue honrada con el premio destinado a los medios de comunicación, galardón que no hace más que reforzar nuestras convicciones. Finalmente, la legendaria Pilar Coll, quien fue la primera secretaria ejecutiva de la CNDDHH, recibió un premio especial por su indesmayable lucha en favor de los derechos humanos. Aquí, contamos detalles inusitados de su historia, llena de sobresaltos y tragedias, pero también de un inmenso amor a la vida. Luego, CARETAS hace un recuento de lo que han sido sus casi 49 años de vida a la luz de la Declaración Universal, un tiempo en el que batalló pero también sufrió acosos, en algunos casos trágicos.

Francisco Soberón de
APRODEH y Pilar Coll en
Ayacucho, en los tiempos
difíciles. Los organismos
de derechos humanos,
lo mismo que los
Aguarunas-Huambisas (derecha),
se han mantenido siempre
vigilantes en defensa
de sus derechos.

La Pasión Según Pilar
En medio de la Guerra Civil Española, germinó una de las vidas más comprometidas con los derechos humanos en el Perú.

El día de la premiación, flor en mano, Pilar Coll prodigó abrazos y recibió innumerables saludos. Tres décadas después, su ánimo sigue siendo el mismo de la misionera que, curiosa, llegó al Perú en 1967.

PODIA haber sido una tarde cualquiera en la colina de Fonz, ubicada en la provincia de Huesca, al noreste de España, donde el pueblo del mismo nombre se yergue mostrando sus casonas y palacios antiguos, su familiaridad con los trigales, bosques de robles y manantiales que lo rodean. Podría haber sido, claro, otro suave atardecer en las llanuras, si no fuera porque la noticia que la abuela Mariana tenía que dar era desoladora.
"Se han llevado detenido a Papá a Barbastro", dijo a sus cinco nietos reunidos, convencida de que debía prepararlos para tiempos durísimos. Pilar, de apenas siete años, aún no alcanzaba a entender plenamente el significado de esas palabras, aunque el manto oscuro de la guerra civil desde hace unas semanas la había hecho despertar, casi de golpe, a una temprana conciencia de la vida y de la muerte.
Ese año de 1936, en efecto, fue un año de asombro y horror en España. Que a papá Joaquín Coll, de simpatías derechistas, se lo llevaran los republicanos implicaba un riesgo de marca mayor. Era la época en que ambos bandos estaban trenzados en una lucha ilimitadamente feroz, por lo que una detención podía significar el preludio de un desenlace fatal, sin compasión alguna, cosa que desgraciadamente ocurrió.
Don Joaquín no llegó a Barbastro -el pueblo más importante de la zona y, dicho sea de paso, tierra de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei-; fue asesinado en el camino junto con Emilio Camón, un pariente suyo. A la mañana siguiente, el presidente del Comité Republicano fue a informar a la familia del hecho y agregó que los cadáveres habían sido quemados y sólo quedaban unos restos.

Pilar Coll (última de la derecha), al lado de sus dos hermanas, María Mercedes y María Josefa, ambas muertas de TBC. Derecha: Hoy, a los 69 años de edad, premiada y reconocida.

Tiempo después, sin embargo, se descubrió que ambos cadáveres estaban mal enterrados al borde de un barranco, de modo que cuando llegaban las lluvias podía notárseles. Pero sólo cuando los nacionales tomaron el control de Fonz y expulsaron a los republicanos pudieron desenterrarse los cuerpos y darles cristiana sepultura. Pilar recuerda, como una triste paradoja de esos tiempos terribles, que el día del entierro de su padre ella hizo su Primera Comunión.
La guerra poco después terminó, pero las secuelas que dejó en cuerpos y almas no fueron pocas. Cómo olvidar el día que quemaron la iglesia de Fonz y obligaron a los católicos a recoger los escombros. Cómo enterrar el recuerdo de tantas brutalidades de ambos lados e ir luego a estudiar a un colegio con los hijos de las mismas personas que habían asesinado a parientes, amigos, vecinos.
Pilar recuerda, también, que la primera vez que visitó una cárcel fue justamente en Barbastro, donde estaban presas una madre y sus dos hijas, a quienes ella conocía. Tenían detrás de la puerta de la celda una imagen escondida de la Virgen del Pilar, tal como hoy los presos de Castro Castro tienen, más libremente, a la Virgen del Carmen o al Corazón de Jesús.
Pero el rastro espantoso de la guerra no se limitaba a los recuerdos. España había quedado herida también en su economía, en su calidad y esperanza de vida. Cuando Pilar tuvo 12 y luego 14 años, sus dos hermanas mayores, María Mercedes y María Josefa en ese orden, murieron de tuberculosis, una enfermedad en aquella época mucho más mortal y acaso alimentada por las miserias de un conflicto armado.

Disfrutando de los aires de Chanchan, poco después de llegar al Perú. Pilar Coll vivió en Trujillo 10 años y luego vino a Lima, en 1987, donde fue una de las gestoras de la CNDDHH.

La misma situación hizo que culminara sus estudios secundarios en la casa de la familia en Fonz, con un profesor que, gracias al entusiasmo que ella ponía, pudo concentrar en tres años de intenso estudio los seis años que normalmente dura el bachillerato (equivalente a la secundaria) en España. Luego, cuando tuvo 21 años, fue a Barcelona a estudiar Derecho.
Fue allí donde escuchó hablar por primera vez de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, algo que, en cierto modo, le resultó familiar luego de tanta peripecia de vida. Tras la guerra, su familia había perdido parte de su fortuna, de sus tierras. Había perdido, por sobre todo, a papá Joaquín, alguien que, sin saber, acicateó en su hija una pasión irrenunciable por la defensa de la vida.
A los 29 años, Pilar, ya graduada en Derecho, ingresó al Instituto de Misioneras Seculares (IMS), lo que hizo que viviera en varias ciudades de España como Vittoria, Sevilla, Madrid, Salamanca. Fue en Salamanca donde escuchó, por boca de un sacerdote amigo del IMS, la propuesta para ir a trabajar en Trujillo, Perú, con universitarios.
Debido a la pasión que abrigaba por la cultura precolombina no le fue difícil animarse. Tras un año de preparación en Madrid, en 1967 viajó al Perú "no con aires provisionales", pero tampoco con la idea de quedarse toda la vida.
Llegó en barco al Callao y de allí fue a Trujillo, a trabajar en la Escuela de Servicios Sociales, con la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC) y en un colegio muy modesto, donde enseñaba religión. Diez años después, llegaría a Lima, a trabajar en CEAS (Comisión Episcopal de Acción Social), desde donde ayudó a los miles de despedidos luego del paro nacional del 19 de julio de 1977.

La Guerra Civil Española no perdonó credos, edades, sexos. Joaquin Coll, padre de Pilar, fue una de las victimas de esos años terribles. En tres años provocó más de un millón de muertos.

Luego trabajó un tiempo en El Agustino, hasta que en 1987 fue ungida como la primera secretaria ejecutiva de la CNDDHH. En julio de 1988, después de la matanza de Cayara, Pilar fue a Ayacucho, precisamente para ver las denuncias de desapariciones relacionadas con el hecho y fue detenida junto con el padre Carlos Gallagher, además de dos asistentes sociales.
A pesar de todo, promovieron una misa en el lugar de detención, a la que asistió uno de los policías que los custodiaban. Quizás, entonces, a Pilar revivió los tensos días de la Guerra Civil Española, las detenciones, los asesinatos. Aunque también las posibilidades de la convivencia humana y el respeto por el otro, encarnados ahora en un policía capaz de conmoverse.
Sin esos valores no podría haber sobrevivido en todos estos años. Ni venir todas las semanas acá al penal de Canto Grande, donde termina nuestra conversación, tan lejos de Fonz, pero tan cerca del sufrimiento, que desde pequeña Pilar conoció y enfrentó con paciencia y corajuda alegría. (Ramiro Escobar La Cruz)