Pasión de Cristina
Se cumple otro aniversario del nacimiento de la escultora Cristina Gálvez.

La escultora hizo gala de una personalidad sumamente adelantada para su época. Centro: uno de sus trabajos. Derecha: la artista en una imagen de juventud poco conocida.

Escribe
JOSE GUICH RODRIGUEZ

NADA parece indicar que esa acogedora vivienda de la calle Roma haya albergado, en tiempos no demasiado remotos, un activo taller de formación artística y el estudio de una escultora. La habitual tranquilidad de ese territorio miraflorino es quebrada, en ocasiones, por las estridentes bocinas de los automóviles. La casa en cuestión (hoy propiedad de Ana María Cogorno) sólo ha conservado la fachada original; aquél es el único detalle que permite tender un puente hacia los tiempos en que Cristina Gálvez afirmara ahí los cimientos de su santuario-fortaleza. Es que el volcánico temperamento de la artista, que hoy cumpliría ochenta y un años, había conferido a ese espacio los perfiles de su inquebrantable vocación por la creación artística y por la vida en sí misma. Enemiga de las imposturas y de las mediocridades, su lema El arte es o no es aún fustiga con rigor los magros horizontes de quienes son absolutamente incapaces de apostar por el riesgo y optan por alimentarse de autocomplacencia, claudicación o facilismo.
Discípulos y amigos sostienen que Gálvez era una verdadera apasionada no tanto de la profesión (criterio institucional que la creadora evadía conscientemente), sino de la alternativa existencial que implicaba el vocablo artista. Ya desde su niñez mantuvo fluido contacto con las grandes transformaciones suscitadas en Europa. Su formación escolar se había efectuado en Francia y Bélgica, países en los que residiría por circunstancias familiares. Retornó al Perú en 1936; ya aleteaban sobre el orbe los primeros síntomas de un nuevo sacrificio colectivo. Acababa de culminar sus estudios de arte en el Atelier de Mauride.
A los dieciocho años, se encontraba absolutamente inmunizada respecto de los prejuicios y anteojeras culturales que caracterizaban a la sociedad limeña de su época. Portaba, como principal bagaje, su conocimiento de los movimientos de vanguardia, a cuyos principales santones y eminencias grises había tratado durante su prolongada estancia europea. Además, también había adquirido el hábito de llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos morales (costumbre peligrosa si quien la manifiesta es mujer y vive en el Perú durante la década de 1930). Esa condición de mujer independiente y defensora del igualitarismo entre sexos -aunque no dogmático- la acompañará durante su trayectoria como escultora, especialidad en la que volcó cada una de sus obsesiones y mitos personales. Su imagen de fumadora empedernida con gafas de cristal grueso recordaba mucho más a una escritora o a una intelectual militante que a una artífice de la materia. Hasta en esos rasgos aparentemente triviales contradijo los estereotipos de fragilidad y levedad que, según los parámetros, debía cultivar una mujer dedicada a tales menesteres.
En 1952 viajó nuevamente a Europa. Dada su sensibilidad, es factible suponer la conmoción producida al contemplar las ruinas generadas por el conflicto. Muchos de sus antiguos amigos habían muerto en la Resistencia, en los campos de concentración o bien, se encontraban exiliados. Completó su formación con André Lothe. Posteriormente estudió en el taller de escultura de Lavrillier. En 1953 -en un acto que quizá tenía tanto de amor como de tributo al pasado- contrajo matrimonio con Pierre Wolf, un judío-francés que sobreviviera a la persecución fascista. Decidió establecerse en Lima doce años después (1965).
Las últimas dos décadas de su vida acrecientan su prestigio como docente, escultora reconocida e implacable combatiente por los derechos humanos (su experiencia como profesora de arte en las cárceles de Lima es proverbial). Las personas que pululan alrededor de ella, por diversos intereses, absorben su privacidad, aunque no consiguen vulnerar su inquietud y permanente capacidad de búsqueda. Cristina murió de un infarto fulminante en 1982, a los sesenta y tres años. La vivienda de la calle Roma, hoy silenciosa después de innumerables clases y tertulias, fue el escenario ideal para el último acto de esa vida plena.


Reino del Cuerpo
Teatro Hugo e Inés ofrece, para este mes de marzo, el Taller "Comunicación sin Palabras", que propone trabajar la expresión corporal, improvisaciones teatrales, mímica y poética del lenguaje corporal. Las ocho sesiones -en las que el principal protagonista es el cuerpo humano, un libro de carne y hueso- se efectuarán en la casa Paccari. Informes en los teléfonos 436-2930 y 254-7788.


Historia Secreta
La Dra. Miriam Salas, profesora del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica en la especialidad de Historia, ha sido recientemente galardonada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH) con el premio Historia Colonial de América Silvio Zavala 1998, por su obra Estructura Colonial del Poder Español en el Perú. Esta distinción es una de las más importantes en su género.


Testigo del Tiempo
Había nacido en el tiempo previo a la hecatombe bélica de 1879. Sus primeros días transcurrieron en Piura y Morropón, norteñas comarcas donde el futuro novelista percibió los ecos de una guerra que acarrearía la destrucción del país. Este 6 de marzo se cumplen treinta y tres años de la muerte de Enrique López Albújar, escritor peruano que abrió los caminos de la narrativa moderna en el Perú, aunque desde una óptica paternalista y exterior al mundo indígena.


Alcoba Fatal
Dentro del teatro ligero, Osvaldo Cattone ha sabido ganarse un espacio, por encima de cualquier discusión acerca de su calidad. "El matrimonio perjudica seriamente la salud", comedia con toques de musical, se presentará desde este viernes 5 en el Teatro Marsano. Actúan el propio Cattone, Yvonne Fraysinet, Sergio Galliani y Meche Solaeche.


Los Hijos del Limo
Muestra de Petroperú revisa la vanguardia.

Trabajo de Gastón Garreaud, un autodidacto que ha residido en Europa durante varias décadas.

Obra de Luis García Zapatero, nacido en 1963 y formado en las canteras de la Universidad Católica.

EN la segunda década de este siglo, precisamente en los días de la Gran Guerra, artistas europeos trastocaron subversivamente la percepción mimética y estática del hecho plástico que había prevalecido hasta el siglo precedente. El impresionismo, cuarenta años antes, ya había dado la voz de alarma acerca de tan dramáticos cambios de paradigma. El advenimiento de los ismos de vanguardia modifica el curso de la historia. Creadores iconoclastas pusieron en tela de juicio no sólo la perspectiva, el espacio y el uso del color; contradijeron los límites mismos del arte, que desde ese instante ya no se encontraría bajo la tiranía de lo que la tradición pictórica llamaba cuadro. La muestra inaugurada por Petroperú (con la curadoría y museografía de Elida Román) propone, desde una visión didáctica, una revisión de ese espíritu transgresor y de sus profundas ramificaciones en las aventuras posteriores. Fuera de cuadro es, en ese sentido, una exposición reveladora de la aventura y el riesgo que ella implica: en las obras de Alberto Casari, María Gracia de Losada, Luis García Zapatero, Gastón Garreaud, Carmen Letts, Benjamín Moncloa, Denise Mulanovich, Luz Negib, Eduardo Tokeshi, José Tola y Ricardo Wiesse, la materia surge triunfante y excede los marcos previsibles. El catálogo contiene un valioso glosario de términos técnicos cuyo significado, en muchas ocasiones, no es del todo comprensible para el ciudadano promedio. Puede visitarse hasta el 19 de marzo en la Sala de Arte de Petroperú, Paseo de la República 3361 (segundo piso). Lunes a viernes, de 2 a 8 p.m.