CHABUCA
Canela en Flor
En aniversario de Chabuca Granda, hija de Victoria Angulo recuerda génesis del valse que la hizo canela.

Han pasado dieciséis años de la partida de Chabuca Granda. Pero su recuerdo rige melodiosamente el paradigma garboso del ser limeño. La Flor de la Canela, a fuerza de tararearse e interpretarse bajo todos los cielos de casi todo el planeta, es la canción que identifica al Perú. Aquí, la historia y vigencia de un valse que nació desde un balcón que miraba a La Colmena.

Nacida en Apurímac, tenía toda la gracia de la mujer limeña.

Escribe CESAR LEVANO

ESA noche, en su casa de la Plaza Dos de Mayo, el cantor del "Felipe Pinglo" José Moreno celebraba su cumpleaños con la jarana de reglamento. Una invitada era la novel compositora Isabel Granda. Hacia la madrugada, la joven abrió las ventanas del balcón y contempló La Colmena. Entonces soñó la ciudad, la ciudad dormida bajo la niebla y el lucero del alba. Y dijo en voz alta:
-Déjame que te cuente, limeño. Déjame que te diga la gloria del ensueño que evoca la memoria.
Luego, volviéndose al grupo criollo, exclamó:
-¡Ya tengo la expresión!
Pero las canciones no nacen del aire. Tienen su germen, su entraña, su trayecto. Déjenme que lo cuente Juanita. Juanita Loyola Angulo, hija de Victoria Angulo, la inspiradora de "La Flor de la Canela":
-Mi madre había conocido a Chabuca jovencita, cuando ésta iba a la casa de doña María Isabel Sánchez Concha de Pinilla, en Barranco. En 1947, lo sé con precisión porque ese día Chabuca me firmó un álbum de autógrafos, mi madre la llevó a una fiesta en nuestra casa, que era un corralón frente al Puente de Palo, que ya no existe. Estaba en la curva del tren para Ancón (Iba a dar al Jirón Arica, a las calles La Toma y La Palma). Era un corralón a donde llegaban todos los músicos. Entre ellos, Elías y Augusto Azcuez Villanueva, que eran primos hermanos de mi madre. También iban Bartola Sancho Dávila, prima de mi madre, Manuel Covarrubias, Pablo Casas Padilla, Luciano Huambachano, toda la real academia del criollismo.

Ella captó en la familia de Juanita Loyola Angulo (izquierda) el secreto musical del Rímac.

En esa época, Chabuca tenía tres valsecitos. Uno de ellos era "Mi ofrenda". Quería que los cantaran, pero no conocía el ambiente. Entonces María Isabel le dijo: "Yo te voy a llevar donde Victoria. Ahí van todos. Y un día llegó Maricucha con Chabuca y Louise Darius, una bailarina de ballet francesa que era famosísima y no hablaba ni una palabra de español. Maricucha estaba siempre vinculada con los artistas. Iba a la casa con los Graña, con todos ellos. Allí la vieron algunos chicos de entonces: Oscar Avilés, Alejandro Cortez y Augusto Ego Aguirre, de "Los Morochucos". En esa época, Chabuca no sabía cómo agradecerle a mi mamá. Y le hizo "La flor de la canela".
-¿Qué ocurrió después de esa noche en casa de José Moreno? ¿Chabuca fue y le cantó a doña Victoria?
-No. Fue una sorpresa que le dio el día de su santo. Chabuca estaba haciendo el valse desde hacía meses. En esa época ella trabajaba en la Antigua Botica Francesa. Era consejera de los productos de belleza Helena Rubinstein. Entonces, cuando mi hermana y yo pasábamos por el jirón de la Unión, nos convidaba el heladito. Servían los helados en una conchita. Era precioso cómo los servían. Chabuca nos llevaba después al baño para cantarnos lo que estaba componiendo. Los pedacitos que iba escribiendo de "La Flor de la Canela". El 21 de julio de 1950, día en que mi madre cumplía 48 años, le cantó el vals.
-Cuando Chabuca dice: "del puente a la Alameda, menudo pie la lleva", ¿se está refiriendo al Puente de Palo?
-Claro. Ella hablaba del Puente de Palo.
Sin duda por eso dice: "ahora que aún se mece en un sueño el viejo puente, el río y la Alameda".

La Alameda, su contexto por excelencia. Consideración de estilo y fidelidad que se hubiera tomado en cuenta a la hora de diseñar el flamante y tétrico paseo donde antes estaba Polvos Azules. Derecha, Magda Figuerola y Elena Bustamante, amigas de siempre y para siempre.

-Los Azcuez me dijeron que eran tíos de Alejandro Villanueva... ¿También él era jaranista?
-No, pero era muy ayayero. En el sentido de que terminaban de jugar, y todos los del Alianza se reunían en mi casa. Alejandro era bajopontino. Mis tíos eran aliancistas hasta los huesos. Como lo era Pablo Casas. Y había el parentesco con Eugenio Segalá, el arquero del Alianza que, por razones de trabajo, no pudo ir a la Olimpíada de Berlín. En lugar de él fue Juan Valdivieso. Había también una vinculación con Julio Quintana, con Filomeno García, con Villalta del Alianza de esa época.
Con esa gente se juntó, para darles su inspiración y para recibirla, Chabuca Granda y Larco, la que un día dijo a su amigo argentino Antonio Rodríguez Villar: "El éxito me hizo ver otros sitios, otros ámbitos y conocí más a mi país. Me di cuenta de que yo había ascendido al pueblo".
No era sólo la tradición, porque era también la esperanza. Lo dijo en su valse dedicado al Perú: "Es un gigante al que arrullan sus anhelos. Bello durmiente que sueña frente al cielo. Lo cantó el niño Mariano Huaychillo el día de su entierro.
Con sus ojos azules, bajo la niebla color perla que el lucero doraba, Chabuca Granda abría ventanas a un ensueño, a una enredadera de ilusión y memoria. Había ascendido al corralón de su pueblo, y allí sembró una flor. Chabuca, una canela que florece mucho.


La Recuerdo
Chabuca según sus amigos.

Té limeño: Julio Ramón Ribeyro y César Calvo con la señora Granda.

Andrés Soto fue también alguien especial en la vida de Chabuca.

CECILIA Barraza tenía veintiún años cuando quiso cantar "Cardo o Ceniza", canción dedicada a Violeta Parra y a su amor frustrado por un joven quenista suizo. Cecilia recuerda haberle dicho: "señora, quiero cantar `Cardo o Ceniza'. No, me contestó, esa canción sólo puede ser cantada por señoras. Sólo después de mucho tiempo comprendí por qué". En otra oportunidad, alguien le cantó equivocándose en la letra, uno de sus temas. Cuando Chabuca se levantó entre aplausos -siempre manteniendo la diplomacia- dio unos pasos hacia el cantante y abrazándolo, lo besó en la mejilla. Lo que nadie entrevió es que la ya afamada compositora le susurró al oído con una gran sonrisa: cuando la sepa, cántela. Andrés Soto fue también alguien especial en la vida de Chabuca. Ella celebró siempre el talento del compositor. "Una vez me dijo que siempre que quisiera ir a verla lo haga. No importaba la hora. Me aparecí en la madrugada y después del susto de su empleada al tener que despertarla, me recibió y mandó a destapar una botella de whisky para mí. Siempre tenía esos detalles. Nos quedamos hasta que amaneció. Yo le canté una nueva canción y terminamos desayunando con jugo de naranja y tostadas". Magda Figuerola y Elena Bustamante recuerdan cada detalle. Echadas en la cama después de un gran almuerzo, leían diferentes dietas que algún lunes esperaban empezar. Susana Baca lo que más recuerda es su olla de tallarines, "poetas, músicos, políticos, todos iban llegando, y ella agregaba más agua y tallarines, para que todos comiéramos".