Ardiente Protesta




Ardiente Protesta
Antes y después de la ceremonia de Brasilia, Iquitos literalmente se encendió. Cuidado que la hoguera está latente.

Si hay un lugar del Perú donde la firma del Acuerdo de Paz con Ecuador logró escasa aprobación, ese fue Iquitos. Estos días, como se sabe, explosionó una suerte de revuelta popular contra dicho documento, contra el poder central, contra el ministro de la Presidencia, Tomás Gonzales Reátegui, contra todo lo que significa y ha significado abandono y displicencia hacia los loretanos. Lo peor de todo es que la situación amenaza con agravarse, si es que el Gobierno no toma medidas urgentes y de justicia con esta región. Y en especial si no se informa debidamente sobre el Tratado de Comercio y Libre Navegación, que esta semana examinará el Congreso y que otorga al vecino país ventajas que los iquiteños consideran excesivas. Esta crónica -escrita luego de vivir entre tumultos, disparos y amenazas de linchamiento- da cuenta de ello, de cuán furioso puede ponerse un pueblo cuando se le ignora. O de cómo, una vez desatada la violencia, pierden justos y pecadores, responsables e inocentes, hombres, mujeres y niños.

Escombros y dolor. Antonio Donadío, presidente del Frente Patriótico de Loreto, y Jorge Chávez Sibina, alcalde de Maynas, hicieron llamamientos a la calma. Compartían la indignación por lo de Tiwinza y el Tratado de Comercio y Navegación, pero no el vandalismo.

Un cajero automático muestras los estragos del saqueo, en tanto que entre las ruinas del Palacio de Justicia trata de sobrevivir la ley. El orden no tiene precio.

Escribe
Ramiro Escobar La Cruz
Fotos Javier Zapata

UNA vez que estuvimos instalados en el hotel, la primera imagen que vino a perturbarnos fue la de un grupo de guardias de asalto que se desplazó por los alrededores de la Plaza de Armas, palo en mano, serena pero firmemente. Eran cerca de las 11 de la mañana del sábado 24, a sólo dos días del Acuerdo de Paz.
Iquitos lucía tranquilo, invadido, como de costumbre, por sus cientos de mototaxis y poblado de vecinos sentados en las puertas de sus casas, viendo pasar el día, la tarde, la vida. Sólo en el local del Frente Patriótico de Loreto (FPL) se respiraba un aire tenso, aunque controlado, sin mayor presagio violento.
A las tres de la tarde del mismo sábado 24, la Plaza 28 de Julio ya estaba llena de manifestantes indignados por lo que consideraban una bofetada regional. Tomás Gonzales Reátegui, ministro de la Presidencia, había tenido la graciosa ocurrencia de convocar una concentración del Comité Cívico por la Paz y el Desarrollo, en apoyo a los Garantes.
Tanto él como el ministro del Interior, el general José Villanueva Ruesta, estaban desde el jueves 22 en la ciudad, todo indica que organizando la marcha pro-acuerdo, lo que, de acuerdo con varios testimonios, incluía sutiles advertencias a los empleados públicos que no asistieran.
Por cierto, ningún pro-acuerdista asomó una pestaña. La Plaza más bien rugía de indignación contra el hotel "Río Grande", donde, se decía, estaban los ministros y su comitiva. Alguien tiró una piedra contra una camioneta oficial y entonces empezó a correr una mecha que nunca nadie supo dónde terminaba.



El estallido y
la furia. De
lejos y de
cerca podían
notarse las
dimensiones de
esta explosión
social.

La camioneta terminó volteada y luego ardió hasta el final de sus cenizas. Cada explosión del tanque de gasolina era saludada con una salva de aplausos, mientras unas llantas quemadas servían de brumosa comparsa y anunciaban el próximo objetivo: el hotel Río Grande.
Más piedras. Y más fuego, de pronto interrumpido por el embriagador humo de unas bombas lacrimógenas. Algunos disparos y un carro que salió, tambié disparado, arrollando sin compasión a Carina Coral Arana, abuela; Katherine Rengifo Coral, mamá; Katherine Echevarría Rengifo, hija.
Abuela y nieta fallecieron casi instantáneamente y sólo Dios sabe si fue desde aquel momento en que la multitud se convirtió en turba. Sin previo acuerdo, se confundieron en un cóctel violento ciudadanos indignados, delincuentes e infiltrados dispuestos a cumplir algún libreto siniestro.
Una horda furiosa marchó hacia la sede del Gobierno Regional que, en breves segundos, fue consumida por lenguas de fuego. Varios papeles se hacían humo y con ellos surgía la oscura sospecha de que algunas pruebas comprometedoras para el ministro de la Presidencia desaparecían por siempre jamás.
En seguida le tocó a la Dirección Regional de Pesquería; y unas cuadras más allá a la indestructible SUNAT. Desde la cercana Región Militar se disparó primero al aire y luego un poco más abajo. Jorge Valle, árbitro de fútbol recién egresado, cayó abatido allí.
A continuación vino la Contraloría, cuya inmolación ígnea se llevó, de paso, a un karaoke recién inagurado. Se escuchó, por fin, la sirena de los bomberos, aunque había un canto ausente. ¿Dónde estaba la policía? ¿Dónde sus pitos y ululares en otras ocasiones tan frecuentes?
Antes de las once de la noche, había caído el objetivo más simbólico: el Palacio de Justicia. Más de 100 años de procesos judiciales no al agua sino al fuego. El local quedó convertido en un infierno que hubiera espantado al propio Dante Alighieri.
El Hospital de Apoyo de Iquitos, por su parte, servía de termómetro del horror. Dieciocho ingresados, dos de ellos graves, tres fallecidos. En el vecino Hospital Militar habrían ingresado más heridos y fallecidos, pero nadie pudo comprobarlo. Al Hospital Regional llegaron luego tres heridos.
A estas alturas del partido, el robo se filtró como una consigna de los "machacuris", versión selvática de los pandilleros limeños. Del Palacio de Justicia y de otros lugares sacaron lo que pudieron, lo que les dio el cuerpo y la mente.
Hacia la medianoche, el Ejército tomó el control de las calles. Pero la turba siguió andando. Sólo una lluvia providencial, desatada cerca de la una de la mañana, sumió a la ciudad en un silencio lúgubre, al que poco después acompañó un apagón.
Al día siguiente, Iquitos mostraba un increíble aire a Sarajevo. Entre los escombros del Palacio de Justicia, algunos jueces y fiscales hurgaban en busca de una sentencia salvable, de un fallo que les explicara lo ocurrido. De un colegio vecino llegaba la voz dulce de unos niños que, sin saber, convertían los cánticos de su coro en un lamento.
Mientras todo seguía humeando, un grupo de pobladores se acercó, primero curioso, luego amenazante. Al grito de "¡Muera la corrupción!" siguieron incomprensibles aplausos e inmediatamente una movilización de soldados FAL en ristre.
Por la tarde de ese domingo intranquilo, las fuerzas del orden apretaron el cerco. Lanzaron un helicóptero a mirar desde arriba, cerraron milimétricamente el centro de la ciudad. En la noche, un conato de saqueo terminó cuando el dueño del local impuso la justicia de sus guachimanes. Un muerto más.
El lunes 26 por la mañana, mientras se firmaba el Acuerdo de Paz, los fallecidos durante los disturbios eran enterrados en olor de indignada multitud. Una calma chicha al cuadrado envolvía a la ciudad.
Monseñor Julio García Centeno, obispo de la jurisdicción, presidió el responso en el local del FPL, colmado de gente sofocada pero llena de fervor patriótico y furiosa pena. Había ahora disciplinarios, identificados con una cinta roja, que controlarían cualquier desmán.
Medio Iquitos se movilizó hacia el cementerio, junto con los congresistas Manuel Lajo, Fernando Olivera, Javier Diez Canseco, César Zumaeta y Manuel Donayre. También con el obispo y el alcalde Jorge Chávez Sibina. Tras el entierro, se escucharon amenazas a los periodistas.
De pronto, la tantas veces jodida turba rodeó a Liliana Salazar de Frecuencia Latina y a Rossana Cueva de Enlace Global. Una mano providencial del FPL las metió en una casa, en tanto que un congresista -de cuyo nombre no nos acordaremos- ante nuestro pedido de ayuda volteó por una esquina, casi pavorosamente.
La turba, al fin, se dispersó, por invitación de sendas lacrimógenas. Nada más pasó ese día, pero, en la noche, el incidental rastrillar del arma de un soldado nos despertó al frisar las tres de la mañana.
Era un ensayo de rutina, hecho con displicencia. Sin embargo, al tercer día de tensión era imposible resucitar a la calma, olvidar esos rostros sin frenos y el rictus inocente de los muertos en la Morgue. Sólo después sobrevino una serenidad, extraña y profunda como la selva, ojalá que duradera.