More a Fuego Lento




More a Fuego Lento
Con los auspicios editoriales de la Universidad San Martín de Porres, el antropólogo e historiador Humberto Rodríguez Pastor ha publicado "Del buen comer y beber", compilación de artículos sobre cocina de Federico More. El notable periodista puneño, escritor político ante todo, cultivaba opípara vena gastronómica, suculentamente sazonada al calor de su prosa.

FEDERICO More es uno de los grandes en la historia del periodismo peruano; pero su fama descansa sobre todo en el periodismo político. He aquí, sin embargo, un libro que demuestra que ese maestro de la pluma, que sazonó el periodismo con la cultura, era también un suculento gastrónomo.
Del buen comer y beber es el título de una flamante recopilación de artículos y ensayos de More sobre la cocina, en que se percibe el sibarita que había en el gran puneño avecindado toda una vida en Lima.
Se advierte asimismo en estas páginas el ardiente amor de More por el Perú: una y otra vez reivindica la necesidad de comer, consumir y gustar los productos de nuestra tierra, que no por casualidad es la que más plantas ha aportado a la despensa humana. Es, pues, este libro uno con mucho sabor. Y con sabor nacional. La edición es de la Universidad de San Martín de Porres.
El autor de la compilación y el glosario que lo acompaña es el antropólogo e historiador Humberto Rodríguez Pastor, profesor de Ciencias Sociales en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

More, de corbata michi, presidiendo mesa. A su izquierda, Angélica Ramos. Frente a More, de perfil, otro gastrónomo, Adán Felipe Mejía, "El Corregidor".

No se trata de una colección de textos y párrafos sueltos, sino de escritos integrales publicados en el diario El Comercio y en CARETAS, y algunos inéditos. No es así, una olla podrida (un pot-pourri), sino una bien definida colección temática.
More fue ante todo un escritor político. Muchos lo consideran un panfletario. Depende. Por algo escribió el 11 de diciembre de 1930, en La Revista Semanal: "El panfleto es un modo periodístico de tan arduo manejo que sólo se salva cuando nace y crece en las cumbres. El panfleto en manos de Leon Bloy, de Rochefort, de González Prada, de Juan Montalvo, es un género literario de rara y satánica belleza".
En abril de 1956, en una edición póstuma de Cascabel, el semanario creado por More, su gran amigo Lucas Oyague estampó estas líneas:
"Espíritu delicado, hombre voluptuoso y exquisito, acaso un epicúreo extraño en un medio sórdido, atraía la atención y la simpatía con su charla amena y cautivante, llena de metáforas y sutilezas".
Epicúreo era este personaje que de modo tan esencial supo captar las riquezas de los alimentos en las más diversas minutas (término castizo que More reinstala cuando se refiere a lo que ahora se llama, al gálico modo, menú).
Una muestra: "Allá por el año 1910, un grupo de literatos que no podían darse el lujo de cenar y que no podían vivir sin trasnochar, descubrieron la cena barata. A las once menos cinco de la noche ocupaban dos bancos de la Plaza de Armas, al frente del Portal de los Botoneros (Nota: aquí está ahora ubicada CARETAS). A las once en punto salía, desembocando por la calle Palacio el pregón de la tamalera suave. Tamalera negra y bajopontina. No sabemos si la tamalera llegaba a las once o eran las once porque llegaba la tamalera. Veinte centavos cada tamal. Cada literato comía dos tamales. Cuarenta cobres y cena hecha. Alguno tenía que contentarse con un solo tamal, por abominables razones crematísticas".
Es posible que en ese grupo de literatos atamalados estuvieran, aparte de More, Abraham Valdelomar, Leonidas Yerovi y el adolescente José Carlos Mariátegui, todos amigos del panfletario y miembros de la que éste bautizó, el día mismo de la muerte de Mariátegui, como "la generación infortunada" (mucho antes de que Gertrude Stein motejara de "generación perdida" a la de Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgeral).
"Ni Yerovi, ni Valdelomar, ni Mariátegui conocieron, en la vida, el dolor y el gozo fecundos de los cuarenta años, el desgarramiento luminoso de ese pórtico de la madurez", escribió More esa vez. "Amados de los dioses y desconocidos de los hombres, murieron jóvenes y, para que muriesen, el destino le confirió a la Tragedia plenos poderes y sombra funesta a la Fatalidad".
Pero volvamos a lo que es nuestro tema: ese mismo hombre de cultura y de emoción histórica es el que ha sabido escribir páginas sobre el yantar peruano que conservan el sabor -y el color y la fragancia- de un plato del día.
Sibarítico gustador de todas las cocinas peruanas, cosmopolita pero orgulloso de lo nuestro, More adquiere una actualidad política en el más alto sentido de esta palabra cuando escribe sobre la necesidad de proveernos de nuestros propios alimentos. La quinua, por ejemplo, cuyas virtudes, con recetas y todo, exalta en más de una página.
"Quiera Dios que, dentro de medio siglo, los muchachitos de hoy tengan un Aurelio Layet y un restaurante Francoperuano, a manera de fanales reverberantes en la puerta oscura de la memoria", escribió More en El Comercio del 19 de julio de 1950.
Lo cual nos hace recordar líneas de Proust en que recuerda el bollo francés llamado la magdalena: "tras la muerte y la destrucción de las cosas, sólo el olor y el sabor (más frágiles pero más duraderos, más inmateriales, más persistentes, más fieles) permanecen todavía largo tiempo, como si fuesen almas, recordando, aguardando y esperando, sobre la ruina de todo lo demás, llevando sin desmayo, a cuestas de su casi impalpable rastro, el inmenso edificio del recuerdo".
No estoy hablando "piedras". En todo caso, cabe recordar que entre tantos platos, salsas y bebestibles que More nos ofrece figura la sopa de piedra, el famoso calapari de su altipampa puneña. (César Lévano).