De Sangre y De Pena


De Sangre y De Pena
A cincuenta años de la desaparición de Manolete, una noticia sacude al mundo taurino: cornada mortal la dio una transfusión.

El cartel
de la muerte.
Al lado,
logrado retrato
que hiciera a
Manolete el pintor
español
Daniel
Vázquez Díaz.

En la arena trágica del ruedo de Linares, cuando es derribado por la cornada del toro "Islero".

A las cinco de la tarde/ eran las cinco en punto de la tarde/ lo demás era muerte y sólo muerte/ a las cinco de la tarde.... habría tal vez repetido Federico García Lorca. Lo habría hecho, quizás. Cómo cuando lloró, en transida elegía, por el torero andaluz Ignacio Sánchez Mejía.
Es que fue a esa hora, aproximadamente, que la plaza de Linares se convirtió en llanto por Manuel Rodríguez. Para muchos, el matador más impresionante y hondo de la historia.
Era el 28 de agosto de 1947. Manolete, vestido de malva y plata estaba a punto de coronar con éxito la faena. Sin inmutarse, altivo y riguroso, hundió el estoque hasta la empuñadura en el morrillo del toro. Pero "Islero" también lo hirió de muerte. Culminaba, para los dos, el momento supremo de la corrida. Asimismo, el de la vida.
Cincuenta años después de este incidente, los pormenores que rodearon la agonía y muerte del mítico torero cordobés aún se discuten. "No fue el toro quien lo mató -ha dicho en España y públicamente Fabián Garrido, hijo del médico que atendió al diestro- sino la transfusión de un plasma infectado".

En Acho, en la corrida inaugural de la "Feria del Señor de los Milagros", un año antes de morir.

"Es cierto, yo lo sé desde hace mucho tiempo", afirma el doctor Andrés León Martínez, Jefe del Servicio Médico de la Plaza de Acho y presidente del Capítulo Peruano de Cirugía Taurina. Con su documentada ayuda, precisamente, reconstruimos paso a paso lo que ocurrió aquella tarde sin fin.

LA AGONIA

El 27 de agosto por la noche, Manolete llega a Linares. Pequeño pueblo minero, pobre en ese entonces, como toda la pobre España de la posguerra. Es la Feria de San Agustín. Se hospeda en el Hotel Cervantes y descansa esperando el día siguiente.
Plaza llena y expectante. Actúan con él, Rafael Vega "Gitanillo de Triana" y Luis Miguel Dominguín. Ganadería de Miura. Es el quinto toro, "Islero", un negro bragado que a la gente de Manolete le disgusta. "El diestro le hace una faena derechista -comenta el doctor López- y a la hora de matar, muy lentamente, el pitón entra al triángulo de Scarpa".
Es decir, a la parte alta del muslo derecho, también conocida, por su vulnerabilidad, como el "triángulo de los toreros". Y tal como dice el parte médico firmado por el doctor Fernando Garrido Arboleda: "Destroza las fibras musculares del sartorio, la fascia cibiforme, el recto externo, con rotura de la vena safena y contorneando el paquete vascular nervioso de la arteria femoral...extensa hemorragia y fuerte shock traumático. Pronóstico muy grave".
Mientras Luis Miguel Dominguín redondea la grave fiesta, Manolete es operado en la enfermería de la plaza por el médico Garrido con la colaboración de otro doctor, Garzón Carbonel. La intervención dura 40 minutos. Manolete no deja de sangrar. Es hora de la primera transfusión. Dona la sangre el cabo de policía Juan Sánchez, quien dice ser muy amigo del matador.
"Jeringa Juvelet, ¡imagínese!", recalca con espanto el doctor López. Se refiere a una gran y rudimentaria hipodérmica que aspiraba el brazo del donante para, en seguida, pasar al brazo del enfermo. "Hay que tener en cuenta -insiste- que esto sucedió hace 50 años". (En el Perú, el primer banco de sangre se instaura en 1940). La penicilina aparece después de la segunda Guerra Mundial.
Luego vendría otra transfusión (de un donante no identificado) y la recuperación de la anestesia.

Figura dramática, de un solo gesto, inmutable. Así era Manolete. Derecha, doctor Andrés León Martínez, reconstruye la agonía del diestro.

En ese primer calvario, Manolete se queja, le duele la pierna. Sin embargo pregunta "¿Y murió?". "Sí, maestro, Islero murió sin requerir puntilla". Ahí estan, junto a su cama, las dos orejas y el rabo.
Es imperioso llevarlo al hospital. El transporte es una camilla. En la precaria lona, él suplica: "¡Que me lleven más despacio!". Cuarto número 18. Hospital de los Marqueses de Linares. Allí el doctor Garrido vuelve a explorar la herida y liga la vena femoral al ver que seguía sangrando.
Son ya las 9 de la noche. Manolete tiene instantes de turbadora lucidez. Pide agua. Da dos o tres pitadas de cigarro. "¿Cómo la estará pasando mi madre?", piensa en voz alta. Pasan los minutos y recibe tres transfusiones más.
La novia ya se ha enterado. Antonia Bronchalo, conocida como Lupe Sino, se presenta en el hospital. "Los allegados de Manolete no la querían, tampoco su madre", dice el doctor López. El apoderado, José Flores "Camará" y Alvaro Domecq, le salen al encuentro: "Si lo quieres no entres a verlo". Alvaro Domecq teme que se casen en artículo mortis. Lupe no lo ve.
Para esto, el "Gitanillo" se va a Madrid. Trae de regreso al reconocido doctor Luis Giménez Guinea. Dominguín, por su parte, toma el Buick de Manolete y se dirige a El Escorial. Vuelve con el doctor Tamames.
Pulso débil, presión baja. ¿Qué hacer? "¿Don Luis, me va a volver a operar?", inquiere Manolete al doctor Giménez. No es necesario. Se decide comprimir bien la herida y levantar la presión y el pulso. "¿Más sangre?", sugiere uno de los médicos. "No, que Manolete ya no resiste más", alega el doctor Hugo Corzo, del equipo del hospital.
Alvaro Domecq ha conseguido plasma (elemento de la sangre que lleva las proteínas) de Jaén. Plasma que el gobierno noruego había donado al español 2 o 3 meses antes. El plasma se utilizó para un accidente que ocurrió en Cádiz (explosión) y causó muchas reacciones funestas pues estaba infectado. Garrido y Corzo se oponen a la transfusión. Giménez se dirige a "Camará": "¿Qué hago?". "Lo más conveniente", responde.
Ni bien comienza la transfusión, Manolete dice: "No veo nada". Luego pronuncia el nombre de su peón de confianza, "David, David". Y muere. Eran las 5 con 7 minutos de la mañana. Crespones negros en todo el mundo.
"El plasma noruego que se le administró, tal vez fue portador de anticuerpos que actuaron contra los antígenos circulantes en la sangre de Manolete", explica el doctor López. Añade: "Otros factores que pudieron acentuar este proceso serían la hipoxia debida a septicemia y shock, la destrucción fisular y, probablemente, alguna transfusión previa con sangre incompatible".
Manolete, el Califa de Córdoba, murió por una "coagulación intravascular diseminada" a consecuencia de una reacción alérgica al plasma noruego. Sólo tenía 30 años.
La leyenda, no obstante, sigue viva. (Teresina Muñoz-Nájar).


El Diestro En Lima
Fugaces recuerdos de su presencia en el Perú.

La conmosión que produjo Manolete en Lima, sólo es comparable con la que ocasionó Juan Belmonte.

EN un mismo año, 1946, Manolete estuvo dos veces en Lima. En el verano y en la inaugural "Feria de Octubre". "Ningún torero había producido la impresión y ninguno había creado el ambiente -ninguno, salvo Belmonte- que produjo Manolete en Lima", escribió en CARETAS (1175), el ensayista y taurófilo, Carlos Rodríguez Saavedra. El comió una noche con el diestro en el Hotel Country. De esa fecha recuerda: "Gabriel Tizón Ferreyros le preguntó, antes de pasar a la mesa: "Y miedo... ¿se siente el miedo?". Manolete respondió: "Usted es aficionado y torero, usted sabe que el miedo siempre está ahí". Don Carlos Rodríguez Saavedra cuenta que el doctor Roberto Denegri consiguió que el fotógrafo Kuroki Rivas le haga unas tomas al diestro mientras se vestía. Hoy no se sabe dónde fue a parar ese testimonio. También dice que sí hubo un gran aficionado manoletista, que inclusive tenía un billete de entrada a la plaza de Linares -entre espectaculares fotos-, fue el maestro Fuentes. Un zapatero remendón que trabajaba en la calle que sale hacia la Plazuela de la Inquisición. "Yo ví ese billete", asegura. La colección de Fuentes se dispersó. Fueron muchos los aficionados limeños que conocieron a Manolete. Rescatamos esta anécdota del "Zeñó Manué", cuando quiso indagar sobre un aspecto de la personalidad del matador: "¿Por qué no sonríe nunca en la plaza?" Manolete repuso: "¿Y usted ha visto alguna vez a un médico sonreír cuando opera?".