Andando Con Andrade


Andando Con Andrade
Sigue a paso firme el rescate de Lima.

Burgomaestre Alberto Andrade y colegas Fernando Andrade, de Miraflores, y Yalile Beltrán, de Pueblo Libre, a la hora de la buena nueva. Izquierda, Capón al descubierto. 150 toneladas de basura fueron retiradas tras el desalojo.

Honor al mérito: reordenamiento de alrededores del Mercado Central contó con el concurso de la Policía Nacional y su director, general Fernando Dianderas. Derecha, fiesta sobre ruedas en reinauguración de la Plaza San Martín.

 

Y Que Viva San Martín!
76 años después de construida, la segunda plaza de Lima renace.


Cinco millones de soles y medio año de trabajos se invirtieron en la remodelación de la Plaza. Abajo, habitúes del "Versalles" en los años cincuenta: peri odistas Paco Igartua, Doris Gibson y poeta Juan Ríos. Abajo, Alberto Andrade y Edith Barr: serenata a Lima en la fiesta ofrecida por el Hotel Bolívar.
EN 48 horas el Municipio metropolitano ha devuelto a Lima dos espacios públicos que durante décadas permanecieron virtualmente abandonados a su suerte.
"Ya señores, despejen la calle", fue la frase que dio inicio al operativo a cargo de unos mil policías. Seguidamente 5,797 ambulantes detectados, además de otros no registrados, empezaron a desalojar las calles adyacentes a 17 manzanas circundantes al Mercado "Ramón Castilla". En ocho horas y después de 30 años quedaron desocupadas. Entonces personal de Relima y policías municipales empezaron a limpiar y desrratizar la zona. En una sola jornada 160 barredoras retiraron poco más de 150 toneladas de basura.
La recuperación de este espacio constituye, sin duda, el más firme paso de los que viene dando el Municipio Metropolitano para el reordenamiento del desbocado comercio ambulatorio y la recuperacion del Centro Histórico.
El caso de la Plaza San Martín no es menos significativo. Entre otras personalidades asistieron a su reinauguración los ex alcaldes Luis Bedoya Reyes y Alfonso Barrantes, el primer vicepresidente Ricardo Márquez, los ministros Alberto Pandolfi, Marino Costa, Tomás Castillo, Miriam Schenone, Gustavo Caillaux, y el director de la PN, Fernando Dianderas. A ellos se sumó una masiva concurrencia que puso de manifiesto su complacencia. La colorida ceremonia -con despliegue lumínico, fuegos artificiales, desfile de calesas y de grupos teatrales, pasacalle, y, en fin, baile en el Hotel Bolívar- confirma no sólo la importancia de la obra, sino también el respaldo ciudadano a la gestión de Andrade, que encuestas previas al desalojo y a la reinauguración muestran una creciente aprobación (62% según la Universidad de Lima y 70% según Apoyo y CPI).


Mercado Central
Zona De Conflicto
Desde sus inicios, en 1846, el mercado pasó grandes apuros.

Posando en su puesto, típico vendedor de comienzos de siglo. En 1902 se restauró el antiguo local.

SUCEDIO hace justamente un siglo y medio. Lima tenía entonces sólo tres mercados: el de la Plaza de las Nazarenas, el del Baratillo de Abajo el Puente, y el del antiguo Colegio de Santo Toribio, que eran pequeños y en salubridad dejaban mucho que desear.
Después de largos años de anarquía militar, el general Castilla vio que era necesario darle a Lima un mercado espacioso, que estuviese a la altura de los centros de abastos de ciudades como Nueva York, por ejemplo.
Pero construir el mercado no fue tan fácil como comprar verduras, pues el único sitio apropiado para edificarlo se encontraba en un lugar que ocupaba el Convento de la Concepción. Igual que ahora, qué casualidad, la pista de ese sector -que figuraba en antiguos planos de Lima- había sido invadida. Y en esa época, en que el poder de la Iglesia era grande -agárrate Catalina- había que ser enérgico para lograr ese cometido.
En noviembre de 1846, el Ministerio de Relaciones Exteriores, Justicia y Negocios Eclesiásticos, emitía un D.S. que firmaba José Gregorio Paz Soldán, estableciendo la construcción de la plaza en el lugar enmarcado, y que se procederá de acuerdo con el arzobispado para la enajenación de los terrenos, su tasación y pago con arreglo a ley.
La publicación de este dispositivo originó un reclamo del arzobispado, iniciándose un largo litigio con el Ejecutivo. En ese entrampamiento, en enero de 1847, Paz Soldán le hace nuevas proposiciones, pero el arzobispado no da ninguna respuesta.
Ante esa actitud, el Ejecutivo decide poner fin a las controversias con un D.S. bastante áspero, y el prefecto, obedeciendo esa resolución, da la orden de demoler la parte del convento necesaria para levantar la pared divisoria entre ese local y la calle proyectada que, hasta hoy, lleva el nombre de Paz Soldán. Y en el acto se tasaba el terreno, cuyo importe sería abonado por el gobierno. Esto sucedía el 6 de marzo de 1847. Así lo informaba El Peruano dos días después. Aunque no se mencionaba si se hizo -como en la semana pasada- con intervención policial, parece que así fue.
En su memoria de marzo de 1851, Castilla informaba que a pesar de los esfuerzos realizados no se pudo empezar la obra, pero que en esos días se había resuelto el problema de la falta de fondos: "yo me lisonjo que éstos se proporcionaran por un moderado título".
La licitación definitiva se transa bajo el mandato de Echenique por la suma de 209,000 pesos, con un plazo de dos años para su ejecución. Tres años después se arrendaban las nuevas tiendas y empezaban los trabajos de canalización y cubierta del río Huatica, que cruzaba el inmueble.

En 1964 estalló un devastador incendio. Derecha, dos vendedoras angustiadas ante el fuego que devoraba sus mercaderías. Tres años después, el alcalde Luis Bedoya Reyes inauguraba su actual local.

Entre tanto, volvía al poder el general Castilla que manda rehacer la parte mal ejecutada de la canalización del Huatica, con cargo a los contratistas, que ejecutan la reparación en 60 días y, además, levantan cuatro techos nuevos y colocan un reloj público en la torre de la fachada.
El local ocupaba toda una manzana, redondeando 13,000 m2.
Tenía 66 tiendas, un almacén en cada esquina y once entradas, siendo la principal la que daba a la calle Paz Soldán. En su interior se alineaban 60 tiendas, y en el centro de su patio se colocaba una pila circular -hecha en Londres- debidamente enlosada. En todo el interior se había construido un corredor, a guisa de portal, de 4.60 metros de ancho, cuyo techo se apoyaba en los muros del recinto y sus 66 columnas. Visto así, el primer local del mercado, hoy llamado Ramón Castilla, debe haber sido muy hermoso. Pero el tiempo no perdona. En 1902, el alcalde Federico Elguera ordena su demolición al ver que el antiguo local -de un solo piso- ya había envejecido y, además, era insuficiente. Se construye entonces un edificio de techos muy altos, amplio, luminoso y ventilado conforme a la técnica predominante de la época.
Ocho años después, el alcalde Billinghurst hace unas mejoras en el mercado y, además, ordena remodelar sus calles adyacentes donde ya proliferaban tugurios. De ahí que, en su memoria, una de las calles lleve su nombre.
Con el crecimiento de la ciudad, los descendientes de los chinos -que llegaron masivamente en el siglo pasado- se establecen en sus alrededores. Llega entonces la comida china, con un éxito tan grande, que al poco tiempo poblaron de chifas la calle Capón. Eran los años en que todo Lima iba a comer chifa a esa bendita calle donde se alineaban locales inolvidables como el San Joy Lao -que tenía orquesta y salón de baile-, Ton Kin Sen, Thon Po, Men Yut. Surgió así el barrio chino, con sus tiendas, bodegas, panaderías -que vendían dulces cantoneses- principales y hasta solares miserables y, finalmente, su iglesia budista, que funcionaba al lado de casas de juego y fumaderos de opio que fungían como clandestinos, pero que muchos limeños frecuentaban sin problemas, entre ellos acaso Felipe Pinglo, que escribió uno de sus temas más hermosos con el título "Sueños de Opio".
Eran tantos los "jalaos" que tenían dos diarios para escoger: el "Kuo Min Tang" y "La Voz de la Colonia China", impresos totalmente en su idioma. Y también un colegio chino en el jirón Paruro, que con sus chifas, panaderías, iglesia y transeúntes asiáticos parecían calles transportadas de un barrio de Macao o Cantón.
Ese barrio celebraba su Año Nuevo con un espectacular despliegue de danzas y fuegos artificiales donde los chinos, acaso, son los más diestros del mundo. Con el viento huracanado de los años y el deterioro de la ciudad, los mentados garitos y fumaderos se esfumaron. Los mejores chifas se esparcieron por las avenidas del sur y barrios de todo tipo. Pero, a pesar del despelote de sus calles, muchos chinos continúan aferrados al viejo barrio de sus ancestros.
En los años '50 el comercio informal en la zona todavía no era asfixiante. Sin embargo, ya iba en aumento. Y en ese transcurrir, en 1964, estalló un terrible incendio, cuyas llamaradas se divisaban desde toda la ciudad. El mercado quedó en escombros.
Se construyó entonces una nueva plaza en menos de cuatro años. Moderno, de ocho pisos, se inauguró en 1967 con la presencia del presidente Belaunde. Y los aguafiestas, que nunca faltan, criticaron las estructuras del edificio, que a su entender eran débiles y, por lo tanto, no iban a soportar un sismo. El alcalde de Lima, Luis Bedoya Reyes, recorrió entonces sus ambientes para demostrar la falacia de esas afirmaciones. Años después se producía un terremoto, y el edificio no sufría un solo rasguño.
Pero, ¿cuándo invadieron los ambulantes sus calles masivamente? A no dudarlo, con el incesante aumento de la población y la apatía de tantos alcaldes. Para algunos viejos vecinos, todo empezó a fines de 1967, año en que se instalaron los parquímetros. En esa coyuntura -recuerdan- había gente con poder adquisitivo que venía de San Isidro, Miraflores, Jesús María y estacionaban sus vehículos en el parquímetro. La viveza criolla prendió enseguida. Luego de depositar sus monedas, algunos ambulantes ocupaban de lo más campantes el sitio que correspondía a los automóviles. Y así, poco a poco, fue creciendo el número de informales en la zona. Cuando se retiraron los parquímetros, ya era demasiado tarde. El mercado y sus alrededores se habían convertido en lo que fue, hasta hace poco: una bomba de tiempo, que la actual alcaldía ha desactivado en buena hora. (Domingo Tamariz Lúcar).