Muerto al Llegar


Muerto al Llegar
La sensación de que su "proyecto revolucionario" no tenía futuro empujó quizás a Néstor Cerpa Cartolini a una acción realmente suicida.

En 1979, Cerpa participó de la toma de Cromotex, la misma que tuvo un saldo sangriento y costó la vida a varios trabajadores, entre los que se contaba Hemigidio Huerta. El cabecilla emerretista adoptó su nombre para la acción en la residencia, señalando una significativa identificación. Izquierda, el libro que recoge la experiencia, con un título de ecos funestos.

" O cede el gobierno o morimos todos", dijo la noche del 17 de diciembre uno de los emerretistas que se encontraban al interior de la residencia nipona a un canal de televisión. La frase podía sonar a bravuconada producto de la adrenalina del primer momento, pero también parecía expresar una oscura voluntad de empujar las cosas hasta el límite último.
En realidad, un halo de muerte rodeó desde el principio todo el operativo del MRTA y en particular a Néstor Cerpa. No olvidemos que el nombre de batalla que adopta para esa acción fue el de Hemigidio Huerta, un dirigente sindical que murió a raíz del enfrentamiento entre trabajadores y policías con ocasión de la toma y la recuperación de la fábrica de Cromotex, en febrero de 1979.
Cerpa, que era secretario general del sindicato en cuestión, participó también en la toma y quedó impresionado con la figura de este compañero suyo, que, tras haber sido abaleado, instó -según se afirma- a sus camaradas a tomar su sangre y escribir un mensaje en las lunas del micro de la GC "para que el pueblo se entere de que nos están llevando presos". Resulta sintomático, por decir lo menos, que para una acción de características similares -ingreso violento en un local y resistencia al sitio que le ponen las fuerzas del orden- el cabecilla emerretista se identificara con un personaje que resultó muerto en la operación original.

En las imágenes mostradas por la televisión, el rostro del presidente Fujimori no mostraba sorpresa ante la visión del cadáver de Néstor Cerpa Cartolini.

Apuntan en ese mismo sentido, el tremendo riesgo que suponía entrar en la residencia del embajador japonés con un comando conformado fundamentalmente por combatientes bisoños y la tozudez de Cerpa al continuar exigiendo la libertad de sus compañeros presos, cuando era obvio que el Gobierno no estaba dispuesto a pagar semejante precio. Por alguna razón, el éxito político que representaba la resonancia alcanzada por la toma y la posibilidad de partir a Cuba con una cierta aureola triunfal y fondos para su organización, no le bastaron.
Es como si la constatación de que su "proyecto revolucionario" no tenía futuro (las capturas de Polay, Rincón y tantos otros así lo indicaban), lo hubiera empujado a una operación realmente suicida.
Vistos de esta manera, los simulacros que, según ha relatado el embajador Gumucio, realizaban cada cierto tiempo los emerretistas en las habitaciones de los rehenes, fingiendo que arrojaban una granada al interior y se inmolaban con ellos, adquieren una dimensión distinta. "Si hay un ataque, volamos todos", les habría dicho Cerpa a sus secuestrados en repetidas oportunidades. Felizmente, gracias a la efectividad de los comandos, sólo la mitad de su promesa se cumplió.
Ello, sin embargo, no impide que las tomas del Presidente frente al cadáver del cabecilla emerretista dejen el sabor de ser la escena final de la crónica de una muerte largamente anunciada.