Suplicios de Inteligencia


La Paciente del 313
Autoridades escucharon a agente del SIE confirmar cómo fue torturada.

Frecuencia Latina destapó escándalo de consecuencias imprevisibles. Leonor La Rosa lo contó todo.

CorrIan las doce y treinta del martes 8. Adolfo Arzapalo, joven de 21 años, se desplazaba por el tercer piso del Pabellón "C" del Hospital Militar. Su rutina era la de costumbre: debía entregar las bandejas de alimentos a los pacientes. Al entrar al pabellón notó algo distinto. Por lo menos 8 agentes de seguridad, vestidos de civil, presumiblemente del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), merodeaban por los pasillos. El ambiente era tenso, y las miradas de las enfermeras y de los médicos se cruzaban. El pabellón "C" del hospital tenía una paciente especial. Adolfo se dirigió con su bandeja de dieta hiperproteica a la habitación C-313-A. Un oficial lo detuvo, colocó la bandeja nuevamente en su carrito de metal. La dieta: arroz con carne (seco), sopa, un plátano y un pan, eran para Leonor La Rosa, agente del SIE quien días antes había conmocionado al país con una denuncia por torturas contra su persona, que afirmaba haber recibido de parte de miembros del Servicio de Inteligencia.
En ese momento, se encontraban con Leonor La Rosa, el Defensor del Pueblo Jorge Santistevan, el general EP Raúl Talledo, miembro del Consejo Supremo de Justicia Militar, los congresistas Henry Pease, Graciela Fernández Baca (ambos de la UPP) y Javier Diez-Canseco, además de dos adjuntos del Defensor del Pueblo, así como otros tres militares de inferior rango. Entraba y salía de la habitación el Director General del Hospital Militar, general Baltazar Alvarado Cornejo. Tanto los congresistas como el Defensor del Pueblo conversaron con Leonor en medio de una diligencia judicial que en esos momentos realizaba el general Talledo con dos adjuntos. La mayoría de los presentes estaban sentados en sillas alrededor de la cama. Desde allí, la joven mujer, con una mirada firme en medio de su rostro desencajado, las manos quemadas presumiblemente por un soplete y falta de peso, contestaba a cada una de las interrogantes.

Congresistas Henry Pease, Graciela Fernández y Javier Diez Canseco abandonando el Hospital.

En los pasadizos se habían ido congregando algunos médicos. Uno de ellos, el Director Médico del Hospital -el gineco-obstetra H. Dávila- llamó al general Baltazar Alvarado, y en un aparte conversó con él sobre la situación, fuera de la habitación. Se sumaron a ellos tres médicos, entre ellos el Dr. A. Takahashi y el Dr. Eriberto Vela -jefe de la Unidad de Hospitalización del Pabellón "C" del Hospital Militar-. Todos especulaban sobre el origen de las marcas de quemadura en las manos de Leonor La Rosa. Uno de ellos señaló que las neorosis (marcas como las de las manos), sólo aparecen entre ocho y doce días después de haberse producido quemaduras. El doctor Dávila preguntó si esas marcas fueron producidas después del 19 de febrero día en que Leonor La Rosa entró por segunda vez al Hospital Militar, aquejada por una hemorragia vaginal. Nadie supo responder con precisión, porque precisamente las neorosis aparecen siempre varios días después. Eso lo sabía hasta el joven internista -no identificado- que se sumó al grupo de los médicos. El gineco-obstetra H. Dávila, había comentado minutos antes que, el 19 de febrero, La Rosa fue hospitalizada por una hemorragia vaginal. Esta, dijo, podía deberse, entre otras cosas, a traumatismos. Pero no necesariamente a ellos. Comentó también que el día 21, sufrió un ataque cardíaco del que luego se recuperó y que del 26 al 29 de marzo -Semana Santa-, salió del Hospital con permiso.
Había preocupación en el rostro de los médicos. Si bien es cierto que La Rosa ha denunciado haber sido objeto de torturas que le produjeron la hemorragia, esta particular acusación podía ser desvirtuada por opiniones médicas. Las marcas en las manos, en cambio, sólo podían obedecer a quemaduras...
En plena conversación el jefe de Seguridad del Hospital, -comandante Cáceres-, llamó al director del hospital: "Mi general, el fiscal del Cono Norte, un médico legista, un fotógrafo y dos adjuntos, se encuentran en la prevención y desean interrogar a la paciente". "¿Cómo?" -dijo el general Baltazar. "Dígale a ese fiscal, que vaya a pedirle permiso primero al Consejo Supremo de Justicia Militar y luego veré si lo hago pasar". "Muy bien, mi general" -acotó el comandante Cáceres.

"COLABORA, PUES"

Mientras tanto, en la habitación se continuaba con la diligencia. En ella, Leonor La Rosa se ratificó en todas sus denuncias. Comentó, además, que antes del 19 de febrero, en enero pasado, tuvo un primer ingreso al Hospital Militar, por traumatismo encéfalo-craneano, ocasionado también por golpes, cuyos autores pertenecían al Servicio de Inteligencia. Le imputaban haber filtrado información sobre planes de inteligencia que ella hasta ahora niega conocer. Estuvo internada durante diez días. Después de ello le dieron un descanso médico por diez días más. Al regresar a su dependencia, le indican que tiene que ir a la oficina de personal. Ni bien había ingresado, se enteró de que tenía 6 días de encarcelamiento de rigor por "dar información de índole personal".

La Rosa: quemaduras parecen hechas con soplete.

En enero, había sido conminada por los del SIE a seducir con engaños al coronel Wilson Aguilar para grabarlo a escondidas y con ello, a decir de los miembros de Inteligencia, "fregarlo". Ella se negó. Se sabe que este coronel tiene estrecha relación con el general del aire Richter, quien acaba de pasar sorpresivamente al retiro y dejar con ello la Comandancia General de la FAP.
Ella manifestó, que había estado enferma recientemente y preguntó: "¿Qué tipo de información de índole personal es la que he podido dar?" Igual se la llevaron a la Inspectoría General del Ejército, donde comenzaron a hacer una serie de preguntas. Ahí la presentan ante un coronel quien la interrogó sobre lo mismo que se le había preguntado en el Servicio de Inteligencia la vez anterior -en enero-.
Al tercer o cuarto día, afirma Leonor, fue llevada a presencia del general Paiva Nadal y, como lo conocía, decidió contarle todo. Continuaba preguntando por qué se hacía tanto problema si ella había estado enferma. Grande fue su sorpresa cuando Paiva la zamaqueó y le dijo que por qué no quería colaborar. Ella le respondió que cómo era eso, si había sido sometida a un interrogatorio exhaustivo, había pasado frío, había estado en agua, le habían propinado golpes… y él le dijo, "colabora, pues".
Leonor La Rosa le dijo a Paiva, entonces, que lo que le estaban preguntando era lo mismo que le habían preguntado en el Servicio de Inteligencia y que no tenía mayor información al respecto. El tema en cuestión era los ya archiconocidos Plan Narval, Plan Bermuda y Plan El Pino. Pero Paiva le dijo: "tú sabes más!…" y le hizo alusión o referencia a lo que había dicho el suboficial Palomino que trabajaba con ella, que era además su compañero de promoción. "Colabora, pues" repitió Paiva, "si no, se te va a interrogar de otra manera, con otras tácticas".
Esto fue toda una sorpresa para ella, ya que la persona a quien pensaba `recurrir', quien podría haberle ayudado en este caso, resultó amenazándola…. Ella pensaba que luego de escucharla, el general iba a suspender ese interrogatorio y le iba a decir que fuera a desempeñar sus labores en forma normal. Sin embargo, la llevaron otra vez al Servicio de Inteligencia y le dijeron que en horas de la noche se le iba a interrogar nuevamente.
Al llegar la noche, cumplieron las amenazas. Comenzaron a golpearla en la espalda, en el estómago, colocando un almohadón encima, además de darle jalones de pelo y golpes en el cuello. Le decían: ¡pero habla, di lo que sabes!..." Leonor La Rosa relató al Defensor del Pueblo, a los congresistas y al general Talledo: "yo les repetí que no sabía nada más de lo que les había dicho". En ese momento todos los que se encontraban presentes en la habitación 313, la vieron llorar. (Guillermo Gonzales Arica).