El Detonante



LA CRISIS

Como muchas empresas, Cromotex creció en la primera mitad de los años '70, cuando todo era prosperidad durante el gobierno del general Juan Velasco. El número de trabajadores aumentó mucho también, y las rígidas y proteccionistas leyes laborales obligaban a hacerlos estables a casi todos.
La fábrica, ubicada en la Carretera Central, no escapó a la tónica de los tiempos. El sindicato era "clasista" y los obreros, por lo menos los dirigentes, simpatizantes izquierdistas.
Pero cuando llegó la crisis y la recesión, la empresa se vio en problemas. No podía adecuarse fácilmente a las nuevas condiciones del mercado ni despedir trabajadores. Las leyes y un sindicato fuerte se lo impedían. Los dueños trataron de encontrar un atajo, como otros empresarios de la época y el conflicto estalló a fines de 1978.

Cromotex hoy, convertida en Filamentos Industriales, es una empresa líder del sector.

EL CONFLICTO

La versión de los trabajadores es que los empresarios querían deshacerse ilegalmente de los obreros, para lo cual paralizaron la producción, dejaron de pagar los salarios y empezaron a llevarse subrepticiamente las máquinas.
Un libro publicado en 1980, "Compañeros, tomen nuestra sangre. La lucha de los obreros de Cromotex", da cuenta de los testimonios de los protagonistas.
CARETAS intentó conversar con Antonio Mussiris, el propietario, para recoger sus impresiones. Mussiris se negó a hablar, así como cualquier otro funcionario de la empresa.
Un primer antecedente del violento enfrentamiento, está en el paro nacional del 19 de julio de 1977, a consecuencia del cual el gobierno militar del general Francisco Morales Bermúdez dictó un dispositivo que permitía a las empresas despedir a los dirigentes sindicales. En Cromotex echaron a 9 dirigentes, de los cuales sólo repusieron a dos.
Luego, varios trabajadores fueron denunciados de "sabotaje a la producción" y 5 de ellos fueron a parar a Lurigancho.
En noviembre de 1978, otros 10 trabajadores son denunciados por sabotaje a la producción. Entre ellos Hemigidio Huerta, el más caracterizado líder del sindicato y el secretario general, un muchacho de 25 años, Néstor Cerpa Cartolini.
Según la empresa, no había dinero para comprar materia prima. La fábrica no podía funcionar. Dejaron de pagar los salarios y comenzaron a retirar las maquinarias. Los trabajadores criticaron la paralización de la empresa, y el 9 de noviembre de 1978 denunciaron un lock out.
El 28 de diciembre de 1978 tomaron la fábrica para impedir la salida de maquinaria, y "administrar provisionalmente la empresa", de acuerdo al decreto ley 21584, al haberse producido paralización injustificada de labores por parte de la empresa.
Dos jóvenes abogados asesoraban al sindicato, Teodosio y Américo Gilvonio. Sus hermanos menores, Raúl y Nancy se sumaron a sus esfuerzos.
Hoy día tres de los cuatro hermanos Gilvonio purgan prisión en diferentes penales, acusados de pertenecer al MRTA. Nancy es la compañera de Néstor Cerpa y tiene dos hijos con él.
CARETAS conversó con Teodosio Gilvonio, en su pequeño estudio donde sigue ejerciendo el derecho laboral. El sostiene que el asalto del 4 de febrero de 1979 se produjo porque en esos días se iban a realizar dos inspecciones, de los ministerios de Industria y Trabajo, luego de lo cual la empresa podía pasar a ser administrada por sus trabajadores, de acuerdo al DL 21584. Los propietarios trataron a toda costa de impedirlo y lo lograron.

MANUAL DE TOMAS

El libro que escribieron los obreros de Cromotex tiene un propósito didáctico, con fotos y consignas. Es también una suerte de manual para tomar fábricas y describe la organización casi militar que adoptaron los trabajadores, probablemente inspirados por su secretario general, Néstor Cerpa.
Según esa descripción, el 28 de diciembre se movilizaron a la fábrica y luego se retiraron a la parte posterior donde realizaron una asamblea. La Policía pensó que se habían ido a hacer mítines en las zonas aledañas. Enviaron a un trabajador a rondar la fábrica en bicicleta. Cuando los policías y agentes que había contratado la empresa se fueron a almorzar, "nuestros grupos entraron en acción. Eran las 12.45 m." Los trabajadores que estaban dentro tomaron sus puestos y los que estaban fuera entraron.

  • Lo primero fue cortar el teléfono, tarea a cargo de Silvio Jiménez al frente de un grupo.
  • Un segundo grupo desalojó a los funcionarios y guachimanes.
  • El tercer grupo custodiaba las puertas.
  • Un cuarto grupo se encargó de recuperar todas las llaves de la fábrica, que estaban en manos de los guardianes y los matones que había contratado la empresa.
    Luego de expulsar a los empleados y guachimanes, trancaron las puertas. Toda la operación duró 5 minutos. Un cuarto de hora después llegaron los policías de la comisaría de Vitarte, pero no pudieron hacer nada.
    El libro "Tomen nuestra Sangre..." detalla luego como se sostiene el control de la fábrica:
  • Se cierran las puertas de entrada y se mantiene un equipo de vigilancia.
  • Se organiza el control de la fábrica y los alrededores para evitar los robos de la empresa y la amenaza de los matones. Para ello se formaron 4 grupos de vigilancia compuestos por 18 a 20 personas cada uno, al mando de 2 jefes de grupo y dos patrullas.
  • Se formó una comisión de cocina que se aprovisionó de alimentos, básicamente papas, una cocina de kerosene y mecheros. Llenaron de agua los tanques y cilindros. Todo esto en previsión de que les corten la luz y el agua.
  • La comisión de comunicaciones controlaba el uso del teléfono a través de un operador. Tenían un megáfono "para informar al pueblo" y un único vocero para evitar confusiones.
  • La comisión de sanidad y primeros auxilios estaba provista de medicamentos esenciales.
  • Para evitar el soplonaje, le fue asignado un número a cada trabajador. Hemigidio Huerta era el 29. El orden de los horarios de guardia era alterado, para evitar ser sorprendidos en el cambio de guardia, como ellos lo habían hecho con la Policía y los guachimanes al momento de tomar la fábrica. La comisión de seguridad se encargaba de ello.
  • La comisión de defensa estableció varias líneas, desde una barricada exterior hasta barricadas interiores. En el techo se colocaron cilindros con agua para rociar las bombas lacrimógenas. Para evitar el efecto de los gases, cada trabajador tenía un frasquito con vinagre. Los carros metálicos fueron subidos para ser usados como escudos. Se apertrecharon de piedras, ladrillos y botellas. La malla exterior fue electrificada y se le instalaron "peines" de acero puntiagudo provenientes de viejas máquinas textiles.
  • La comisión de limpieza y disciplina fue encargada de velar por el orden, y custodiaba las llaves de las oficinas, que fueron cerradas para impedir el acceso de cualquier persona.
  • Un grupo de trabajadores quedó afuera para pedir ayuda económica a otros sindicatos, propagandizar la lucha y realizar las acciones legales.

    Estela
    de
    Muerte

    El martes pasado, en la puerta de Cromotex, romería de los familiares de los obreros muertos que se repite todos los 4 de febrero desde hace dieciocho años. (Abajo) Larga --e incompleta- lista de secuestrados por el MRTA, todos los cuales vivieron en condiciones infrahumanas y tuvieron que pagar rescates para que los subversivos financiaran sus acciones terroristas. Varios murieron o fueron asesinados por sus captores. Una espiral de violencia que todavía no termina.

    LA MASACRE

    El año nuevo lo recibieron en la fábrica, celebrando un aniversario más de la revolución cubana. Durante todo enero prosiguieron las diligencias judiciales. La empresa acusó a 9 obreros como los responsables de los hechos, entre ellos a Néstor Cerpa y Hemigidio Huerta.
    El 4 de febrero, a las 5 de la mañana, empezó el ataque de la Policía. A pesar de sus precauciones fueron sorprendidos. Según el libro "Tomen nuestra sangre..." el primero en caer fue el obrero Marcelino Castro. Luego murió Silvio Jiménez, mientras otros eran heridos. Una feroz batalla se libró en todos los frentes.
    El capitán de la Guardia Civil, César Villón de los Santos, fue muerto cuando intentaba escalar la fábrica y llegar al techo. Le arrojaron uno de los carros de metal encima.
    Esto enfureció a la Policía que arreció el ataque. Los obreros fueron reducidos. Primero los llevaron al cuartel El Potao y luego al penal de Lurigancho. Finalmente, terminaron en la cárcel del Callao. En días posteriores, murieron otros cuatro obreros a consecuencia de las heridas, entre ellos Hemigidio Huerta, el 12 de febrero.
    El entierro de Huerta se convirtió en un acto político. En la facultad de Medicina de San Marcos, donde fue velado el cadáver, un dirigente del MIR dijo que "Huerta era el Luis de la Puente Uceda de los años '70". A su entierro concurrieron muchos dirigentes políticos izquierdistas de la época. Coronas de flores a nombre del MIR y la UDP revelaban su filiación política.
    En ese momento el MIR formaba parte de la UDP, que era una organización legal con cuatro representantes en la Asamblea Constituyente. Aunque Néstor Cerpa era el secretario general en el momento de los sucesos, el líder del sindicato era Hemigidio Huerta, un obrero culto y respetado.
    Cuando Cerpa tomó la residencia del embajador japonés, usó el apelativo de Hemigidio Huerta. El libro "Tomen nuestra sangre..." estaba en las mochilas de varios emerretistas en la residencia, que lo leían con veneración. Incluso varios rehenes lo han leído ahora. Américo Gilvonio, uno de los abogados de Cromotex en 1979 y hoy condenado a cadena perpetua por su participación en el MRTA, bautizó a su hijo con el nombre de Hemigidio.
    Sin duda, los sucesos de Cromotex marcaron la vida de sus protagonistas.