¿Cuál Plaza?


¿Cuál Plaza?
Ante la movida de piso en su ágora principal, algunos limeños memoriosos se preguntan a qué tiempo se remontará el proyecto o qué sorpresa el cabildo a sus ciudadanos ha reservado.

Con gran entusiasmo y energía han comenzado los trabajos de remodelación de la Plaza de Armas de Lima. Casi dos millones de dólares se invertirán en ella. Autoridades edilicias aseguran que regresarán prestancias pasadas. ¿Pero qué espacio y tratamiento se van a recuperar? ¿Los de la época de Taulichusco? ¿Los del siglo XVII? O, plebeyamente, ¿alguno de los estadios republicanos? He aquí la incógnita.

Escribe
ALBERTO SANCHEZ AIZCORBE

Comienza la remoción de veredas y pavimentos y se recuerda en la foto seguida un momento hermoso de la plaza con luz de gas y tranvía.

LA realidad es que no ha existido una, sino muchas Plazas de Armas de Lima. Entonces, si de obra de restauración se trata, ¿a cuál remontarse? En número especial, de 28 de julio de 1921, la revista Mundial publica una nota cuyo título es, precisamente, Las 1,001 transformaciones de la Plaza. En él se da cuenta de la serie de cambios que viene sufriendo a partir del año 1855, en que se la alumbró a gas. Porque hasta allí había sido sólo un pampón, con su pila y su pilón.

Ilustración de 1935 que revela una plaza desconocida. Tiempo del mariscal Benavides.

UN POCO DE HISTORIA

En efecto, desde que la trazara Pizarro, su piso fue de tierra sin un solo adorno vegetal. Obedeció a un concepto de plaza pública, de uso múltiple. En ella funcionó frente a la catedral el mercado; es decir, que en la Plaza, valga la redundancia, se hizo durante tres siglos la plaza. El cura, ya no desde el púlpito, sino desde el llano del atrio, se dirigía a los parroquianos y oficiaba la misa sin que las vendedoras abandonaran su puesto o los compradores sus posiciones. Las iglesias golpeadas por los terremotos, levantaban junto a los portales capillas provisionales para seguir atendiendo el culto. Los domingos de fiesta las esquinas eran bloqueadas para dar paso a prolongadas corridas de toros. -a las primeras de las cuales asistiera Pizarro- y, además de para abastecerse de agua en el pilón frente al arzobispado, la gente asistía a la Plaza de Armas porque también era sitio de castigo y ahorcamientos. Los reos de la cárcel real, ubicada dentro de palacio de gobierno, o de la cárcel del cabildo, pagaban allí mismo sus culpas para beneplácito de los curiosos.

La arquería de piedra cayó por una mal entendida modernidad que cambió la faz de la plaza.

EL CAMBIO

Un total de 320 años tuvieron que pasar para que la Plaza comenzara a cambiar. El alumbrado a gas requirió de huecos para colocar los postes y de cierta remoción y tratamiento. Los tranvías exigieron el colocado de durmientes. En la década de 1860 tres pilones completaron las esquinas; por último, se trasladaron las cárceles. A partir de aquí se suceden una serie de tratamientos de acuerdo a los humores de cabildo y a las usanzas en boga. Y se empieza a maquinar el gran cambio que traerá por el suelo los portales de piedra coloniales, de Escribanos y Botoneros, que trastocará definitivamente fisonomía y espacialidad del lugar.
En el presente siglo se erigen los tres palacios. el arzobispal en el '22, el de gobierno en el '38 y en 1944 el municipal.Y en años sucesivos se levantan los edificios que terminan de enmarcar el espacio. De la plaza antigua sólo quedan tres elementos en pie; la catedral varias veces restaurada, la pila y la esquinita del Oidor, que hasta hoy felizmente permanecen. Durante la última guerra mundial un cambio absurdo reduce drásticamente el área destinada al hombre y se lo entrega al automóvil. Durante décadas la Plaza de Armas de Lima, con toda su prosapia, fue utilizada como playa de estacionamiento. Primero, masiva y después, selectiva (sólo carros oficiales y de resguardo). Hoy, se terminó el asunto. Las obras comenzadas devolverán el espacio para el tránsito peatonal, el paseo y el descanso. Lejos de cualquier consideración estética sobre el diseño escogido o sobre cuál de las plazas del pasado se debió recuperar, este último argumento es concluyente. Se devuelve un espacio público a la comunidad.


Historia de Tapados
Historiador Lorenzo Huertas con piezas de cerámica que surgen mezcladas con la tierra removida.

LIMA siempre ha sido aficionada a cuentos de aparecidos, tapadas y tapados. Los primeros para mantener el susto, los segundos para acariciar romances, y los terceros para ganar fortuna. De estos últimos tratan las siguientes líneas.
Cuando el "progreso" se hizo paso y tumbó la casa que hacía esquina con las calles Palacio y de Correo (donde hoy se encuentra la plazuela de Pizarro con este señor a caballo) las labores realizadas descubrieron monedas antiguas que enseguida se achacaron como propiedad de don José Dávila Condemarín, prohombre de la patria y experto numismático que falleciera en aquel lugar en día aciago de la entrada de las tropas chilenas en la capital. Seguramente las de verdadero valor habían desaparecido mucho antes del hallazgo, pero la historia del tapado entusiasmó el ánimo colectivo y dio paso a la fantasía.
En tiempos del alcalde Orrego, cuando se realizaban las obras de remoción para enlosetar el Jirón de la Unión, un objeto metálico hizo saltar de entusiasmo a quienes laboraban con lampa y martillo en el área. Por desgracia para los ilusionados, el hallazgo no pasó de un simple cañoncito de guerra, que hizo recordar al de Castilla.
En estos días pedazos de losa comienzan a aflorar de los trabajos que se vienen realizando en la Plaza de Armas. No se sabe si son restos de vajilla colonial o simplemente del chifa que hasta hace unos años funcionó bajos los portales del Club de la Unión. Lo cierto es que vuelve a entusiasmar la idea de hallar algo escondido. Para el historiador Lorenzo Huertas Vallejos, que ha realizado los estudios de la Plaza, se trata de encontrar vestigios que ilustren sobre la historia de la ciudad, como por ejemplo, de las tuberías de agua que alimentaban en tiempos coloniales pila y pilón y Palacio de Gobierno. Y punto.