La Madrugada Infinita de
Purificación Condori

Reynaldo Santa Cruz es escritor de trajinada pluma. En 1990 publicó una colección de cuentos rotulado "La muerte de Dios y otras muertes" y en 1993 mereció un premio literario en España. Entretanto, animó talleres de creación literaria en el Museo de Arte primero y en La Noche después. "La madrugada infinita de Purificación Condori" es un estupendo relato, que maneja la tensión a un ritmo sostenido y con un remate que no por previsible deja de ser inquietante. La relación del nieto y su abuela permite varios niveles de lectura para los que el autor solamente ha necesitado de una madrugada y un amanecer.

Escribe REYNALDO SANTA CRUZ

PURIFICACION Condori está fría e inanimada. Sus manos reposan sobre el pecho y su rostro refleja una angustia atávica. Un joven la observa silenciosamente entre las sombras, es su nieto Joaquín. Ella, bajo esa vigilancia, ensaya una pregunta que no escuchará nadie ... ¿Cuánto tiempo continuará el muchacho en este pueblo maldito?. Sus ojos permanecen abiertos, mirando sin mirar. Intenta cerrarlos pero es inútil, ya los cuidados póstumos se encargarán de aquello. Reflexiona desde ese nuevo estado, que no existe nada peor que lo que ve allá afuera: Las escasas enredaderas fusionándose con los troncos y los cerros pelados tras los cuales se dibuja un abismo. No, no pude escapar a tiempo, se dice, mientras repasa el interior de su casa hasta donde la pupila rígida se lo permite.
Está por amanecer y eso la enfrenta con la imposibilidad de reiniciar el ciclo tras esa noche despojada de sonidos. Joaquín continúa observando ese cuerpo y no puede contener un gemido que nace en su pecho y se precipita como un torrente hacia sus labios. El recuerdo azuza su memoria, guiándola entre tantos sucesos que se apiñan como maleza. Entonces puede reconstruir las imágenes de su abuela, la vieja Purificación lavandera, la vieja Purificación cocinera, la vieja Purificación... en fin, un engranaje anónimo de esa maquinaria que siempre había sido la aldea. Sin embargo esa anciana era mucho más para Joaquín... el delantal almidonado en el que se acurrucó de niño o la tierna caricia con mano callosa. Joaquín medita, sentado en la silla de paja y decide calmarse. Su sombra, detrás del lamparín, se agiganta en la oscuridad, por lo que juega a ser Dios dentro de la habitación. Se seca los ojos y las mejillas y trata de que Purificación lo escuche ¡abuela, el negro Suárez me ha conseguido un trabajito en el aserradero, abuela, abuela...! se escucha asombrado, como si algo dentro suyo hubiera usurpado su voz, y tiene que conformarse por respuesta con el sonido que hace un alacrán sobre los costales de yute. Purificación, conmovida, pugna con los labios estáticos para infundirles la velocidad que tenían hasta anoche, pero sólo alcanza a emitir un alarido mudo. Joaquín vuelve la mirada hacia su abuela, pero aquellas comisuras arrugadas, ya no le comunican más que el silencio.

AMANECE

Un gesto de dolor se adueña de la cara del muchacho, se dirige a la puerta, quita la tranca y se marcha. Purificación lo ve cruzar el umbral y piensa en la noticia que le dio su nieto, ¡Joaquincito trabajando!... Se alegra, le parece sentir que se estira su piel abanicada, que esos pliegues van forjando una mueca risueña, pero luego se avergüenza de aquel deseo descabellado. Un sollozo que no puede cruzar el límite del silencio, la regresa a la realidad. Se halla sola finalmente, luego que se extinguieron sus fuerzas día a día, viendo envejecer al padre Salomón, a Tobías el sacristán y a Purificación en el espejo, atrapada en la dimensión circular de la aldea. Por todo eso, le repetía cada mañana a su nieto que se vaya, que escape de ese lugar, y él replicaba optimista que las cosas cambiarían. Una mosca que planea sobre su frente, alarma a Purificación, escucha el zumbido bordeando sus orejas y siente el filo de sus alas, rozándole la nariz en el ineludible ritual de frotarse las patas. En cualquier momento serán más, piensa, y la certeza de miles de cuerpos amarillentos sobre sus labios y sus ojos la aterrorizan. Purificación entonces, intenta mover la mano derecha para ahuyentarla y... ¡zas!, Joaquín se golpea la frente, al menos la maté, murmura, al ver a la mosca aplastada en su palma. Se limpia en el pantalón y camino a la casa del médico, cuenta las veces en que tranquilizó a su abuela, prometiéndole huir con ella de ese universo sombrío. Los dos juntos en la ciudad, andando por esas calles iluminadas, paseando por los parques, brincando sobre la arena de una playa... pero ahora, Purificación es excluida de ese futuro, convirtiéndose en la víctima elegida de antemano por el poder inevitable del tedio. Joaquín no puede aceptar su ausencia y deja caer las lágrimas sobre el sendero escarpado. Cuatro, cinco, seis pasos, y la puerta caoba lo detiene. El médico lo recibe y al ver que Joaquín menea la cabeza hacia los lados, apoya su mano en el hombro del muchacho y se dirige a su gabinete; habla con dos hombres y sale con varios papeles bajo el brazo. Ambos en silencio, retoman el trecho de las higuerillas y enredaderas, para desaparecer detrás de una elevación que se desmorona con cada pisada. El Sol calienta el aire y obliga a los hombres a respirar profundamente para no sofocarse. Joaquín incluso, es enceguecido por un destello solar, luz poderosa que Purificación recibe de lleno en los ojos, mientras cuenta las horas en su mundo sin tiempo y calcula que su nieto no tardará en llegar. Por eso, al verlo entrar con el doctor, comprende que debe despedirse de su casa y de aquel manojo de sueños inconclusos. Joaquín y el médico deliberan y Purificación intenta la súplica final, ¡vete Joaquincito, vete pronto! Dos sujetos interrumpen bruscamente su invocación, cruzan el marco de la puerta, saludan en voz baja y descansan en las sillas. Purificación batalla por gritar, por llorar, pero se da por vencida, aceptando la derrota con estoicismo. Deja que la acomoden, la vistan, la maquillen, para recibir en la noche la visita de sus amigos y de los que no lo son tanto.

ES DE NOCHE

Joaquín apoyado junto a la ventana, permanece ausente, sin escuchar los murmullos del gentío. De pronto, el negro Suárez ingresa a la casa, jadeante y escarchado de sudor, se despoja del sombrero de gamuza y le musita a Joaquín... "Me acabo de enterar y vine corriendo, lo siento muchacho, el corazón no perdona, que Dios la tenga en su gloria". Joaquín agradece, asintiendo con la cabeza, avanza unos pasos y se abraza al ataúd con fuerza, mira una vez más a su abuela y perplejo, ve rodar unas lágrimas por las mejillas rígidas de Purificación...


CARETAS 1409