Fronteras Calientes

Cuando se esperaba que enero sería el mes de la distensión, Torre Tagle despliega con brío inesperado una nueva estrategia ante Ecuador y Chile.

AL arribar a Lima el pasado 28 de diciembre, el embajador peruano en Washington, Ricardo Luna, se sorprendió del numeroso contingente periodístico que lo esperaba. Una hábil estrategia, sin embargo, impidió que hablara y, raudamente, partió en un coche oficial ubicado al lado de la escalerilla del avión.
Su retorno a Lima obedecía al gesto protocolar de llamarlo a consulta, con el que Torre Tagle quería significar su incomodidad por la aprobación de los Estados Unidos de la venta de 4 aviones K-fir israelitas a Ecuador.
Desde esa fecha empezaría la intensa ronda de consultas y presiones ante el Departamento de Estado y el de Defensa de Estados Unidos.
El Perú se sentía defraudado por el gesto norteamericano, toda vez que el tema de las armas era uno de los puntos de la agenda bilateral que este 17 de enero abordarían en Lima, el canciller ecuatoriano Galo Leoro y su homólogo peruano Francisco Tudela.


Canciller Francisco Tudela: días intensos de la diplomacia peruana. Derecha: el modelo de K-fir que cambió el rumbo de las tratativas con Ecuador.

Según la versión norteamericana, dicha compra ecuatoriana estaba pactada desde tiempo atrás, es decir, antes del conflicto del Alto Cenepa en febrero del año pasado. Formaba parte del programa de reposiciones de Ecuador y no creaba, por lo mismo, ningún desbalance estratégico en el potencial bélico de ambas naciones.
Un argumento más velado hacía referencia a que el Perú, por su parte, también había realizado gestiones para reponer equipos, armas y municiones.
Este es un punto delicado que la prensa ecuatoriana amplifica ahora, tras las afirmaciones que el saliente ministro de Defensa, Víctor Malca, había apoyado la compra de aviones de un país otrora integrante de la ex Unión Soviética.
Algunos encuentros fueron tirantes. Por ejemplo, el canciller Tudela entregó personalmente al embajador Alvin Adams la nota de protesta del gobierno peruano por la anuencia norteamericana a la compra de los K-fir israelíes. Adams hizo algunas atingencias y propuso que antes de darlo a publicidad se estudiara la posibilidad de consultarlo con el Departamento de Estado. La respuesta fue cortante aunque educada: la Cancillería peruana no consulta sus textos, los da a conocer.
La historia de los K-fir hizo recordar a muchos de los actores de Torre Tagle los agitados días de enero-febrero de 1995. Estados Unidos -y particularmente Alexander Watson, Subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos y Luigi Einaudi, académico y diplomático cuya asesoría sobre el Perú y Ecuador es poco menos que indispensable- jugó un rol fundamental. Los teléfonos entre la Embajada en Washington y el Departamento de Estado estaban prácticamente abiertos. Los embajadores en Washington de los otros países garantes (Argentina,Chile y Brasil) también hacían lo suyo. Luna se multiplicaba, sin horario ni calendario.
De todo ello resultó, efectivamente, la tregua, la Declaración de Itamaraty, el proceso de separación de fuerzas y el empeño por la desmilitarización. Sin embargo, ése es sólo uno de los planos de la confrontación: el diplomático. En el frente militar, obviamente, las cosas continuaban por un rumbo preocupante, sobre el que los trascendidos son menores si bien el efecto en la prensa internacional suele ser agrandado.
Si, como se estima, los sucesos del Alto Cenepa significaron para Ecuador un "aliento de victoria" -según giro acuñado por la prensa quiteña-, ello significaba que la estrategia de apelar a una selectiva pero intensa tecnología militar por parte de Ecuador era correcta. Había obtenido una ventaja estratégica frente al Perú, cosa que no había ocurrido jamás en el pasado. Lo lógico era continuar comprando de esa misma fuente abastecedora. Ecuador ha privilegiado permanentemente su relación con Israel y también con los Estados Unidos.
El Perú -que ostensiblemente ha sentido el golpe del Alto Cenepa- también ha tenido que trazar una línea de compra de armas. El problema es que desde el gobierno militar de Juan Velasco, las aproximaciones han estado fuera del esquema norteamericano y con Israel se hizo poco.
La crisis de los K-fir pone al desnudo vacíos de inteligencia y, por lo tanto, de información oportuna. Según trascendidos, el Perú recién se habría enterado de las tratativas de los K-fir en setiembre del año pasado, virtualmente, cuando los hechos ya estaban cumplidos. ¿Es cierto que se ha carecido por largos años de un agregado aéreo en Tel Aviv? ¿Cuál es el papel del general Eduardo Bellido, nuestro agregado militar en Israel? ¿Cómo se ha contrapesado la continua queja ecuatoriana de país pequeño y amenazado por el Perú?

LA OFERTA CHILENA

El otro frente que inusitadamente abrió laCancillería peruana ha sido la contrapropuesta a Chile para allanar los "pendientes históricos" del Tratado de 1929. En lo que constituye una virtual rectificación, el Perú ha desechado las llamadas Convenciones de Lima suscritas en mayo de 1993 por los entonces cancilleres Enrique Silva Cimma de Chile y Oscar de la Puente Raygada.
Estos documentos no han sido ratificados por los respectivos Parlamentos y, por lo mismo, dejan de tener vigencia. Indirectamente, Torre Tagle hace que las negociaciones se ciñan al Tratado de 1929 que, en lo fundamental, garantizaban derechos irrenunciables para el Perú que no pueden ser cambiados por otras convenciones, tanto por razones históricas y jurídicas cuanto porque hacerlo representaría sentar un precedente del cual puede valerse Ecuador con respecto al Protocolo de Río.
La reacción de Chile ante la contrapropuesta permite suponer que la rechazará. Y éste es un riesgo calculado por Torre Tagle.
Lo interesante es que la contrapropuesta termina con la polémica interna sobre el exceso que representaban las Convenciones de Lima en la medida que iban más allá que el propio Tratado de 1929 y creaban una situación que, como lo ha dicho el canciller Francisco Tudela, podía dar lugar a futuros malentendidos.
El gobierno peruano pudo aprovechar la discusión de las Convenciones en el CCD para que fuera el propio Congreso el que las desaprobara en 1994. Prefirió el camino de pedir su devolución y ser él mismo el que planteara las modificaciones de los textos en aquellos puntos más sensibles que habían provocado una reacción en cadena en la civilidad, especialmente la tacneña.
El canciller Tudela recibió en herencia un voluminoso informe del CCD que ayudaba poco para perfeccionar las Convenciones. Chile por su parte insistía en que no aceptaría ninguna modificación de estos textos. Tudela crea una comisión especial y ésta advierte que el mejor camino era retornar a las fuentes: no se precisaba sino ceñirse meridianamente a lo que decía el Tratado de 1929, el mismo que garantiza para el Perú el régimen de libre tránsito y el régimen administrativo autónomo del muelle norte, la agencia aduanera y la estación terminal del ferrocarril Tacna-Arica.
La contrapropuesta ha sido elaborada por un cuerpo de elite de la Cancillería, sometida a consideración de la Comisión Consultiva y de los comandos de la Fuerza Armada. El último paso fue solicitar la aprobación del Presidente Alberto Fujimori. Este le pidió 24 horas al Canciller para dar su opinión. Cumplido el plazo su opinión fue definitiva: de acuerdo en todos sus términos. Tanto Tudela como Fujimori sabían perfectamente que se entraba en otra fase de negociación con Chile. Sería tal vez menos
espectacular puesto que tomaría más tiempo, pero nadie podría decir que el Perú había renunciado a sus derechos. Lo que había que procurar era restarle cualquier exceso de dramatismo o de nacionalismo.


Congresista Harold Forsyth, Anel Towsend y cónsul peruano en Arica, Carlos Martinetti, constatando violatorio asfaltado en el Chinchorro.

Hay dudas acerca de la conveniencia de elegir enero para presentar la contrapropuesta peruana. La tesis que prevaleció es que era preferible dialogar con realismo con Chile, antes que dar la impresión que se rehuía tomar posición. La crítica de los últimos meses que se le hacía a Torre Tagle es que le daba largas al asunto.Tudela ha desbrozado el camino y lo ha hecho, hay que reconocerlo, con coraje. Su mejor cosecha es la unanimidad con que el país ha respaldado la contrapropuesta.
Puede que, en efecto, haya habido filtraciones de la nueva postura de la Cancillería peruana. Se dice que la inteligencia chilena conoció en diciembre por dónde iban las aguas. No hay otra explicación para el incidente de "El Chinchorro". No es preciso calificarla de provocación, pero ni los propios medios de prensa chilenos creen que se trate de una iniciativa inoportuna y personal del alcalde de Arica, Iván Paredes. La Cancillería chilena estaba enterada de las continuas diferencias entre el consulado peruano y la municipalidad y dejó hacer. "El Mercurio" de Santiago ha relatado los pormenores de la construcción de la pista en el terreno peruano, con plena nocturnidad y alevosía. Esto pudo evitarse, pero se quiso vincular el incidente con la contrapropuesta.
Enero es, pues, no sólo decisivo por el nuevo curso que toman las tratativas con Ecuador y Chile sino por la forma en que ha actuado Torre Tagle. Se recupera una línea de profesionalismo y de mayor acuciosidad en el tratamiento de asuntos particularmente delicados que no tienen por qué, cuando menos en el caso chileno, interrumpir una línea de colaboración económica y política que está dando óptimos resultados. Ha costado esfuerzo y no poca polémica reconocer que en materia de negociaciones fronterizas no es la prontitud lo que más importa.
"La obligación de la Cancillería y del Gobierno del Perú -ha dicho el Canciller Tudela- no es la de actuar como un abogado en la redacción de un contrato de derecho civil en un estudio privado. Una nación son aquellos que ya han muerto, aquellos que existen hoy y las generaciones que están por venir. Y nadie puede obligar al Perú a asumir compromisos que juzga inconvenientes, que hipoteque la estabilidad de las generaciones del futuro."
Estos primeros días de enero han devuelto al país la confianza en la conducción de la política exterior. Los errores quedan atrás.Y es un punto muy favorable para el gobierno el apreciar que no ha dudado en rectificarse en nombre de los altos y sagrados intereses de la patria.


El Canciller chileno José María Insulza, y el Canciller ecuatoriano Galo Leoro (derecha), son los homólogos de Tudela que tienen la responsabilidad de evitar que las negociaciones se desborden y deriven hacia un endurecimiento. En ambos casos, las soluciones pueden demorar.


CARETAS 1396