El Ganador Es...

Selenco Vega Jácome, limeño de 24 años y estudiante de Literatura en San Marcos.


Contemplar un cuadro que aludía a una partida de ajedréz inspiró a Patricia para crear su cuento.

SALTABA a la vista que el escritor oculto bajo el seudónimo Hyperión, no era un recién avenido al campo de la literatura. En efecto, Selenco Vega Jácome tiene una corta pero sólida trayectoria en el antiguo arte de jugar con las palabras. "Renzo", es el primer cuento que termina en su vida y el de CARETAS es su debut en concursos de prosa. Antes había ganado los Juegos Florales de San Marcos en la especialidad de Poesía (1994) y en febrero de este año publicó su primera plaqueta "Casa de Familia" (Editorial Los Olivos).
El regusto por ahondar en las promesas incumplidas y en las deudas vivenciales que se arrastran por generaciones sirven de motivación recurrente al escritor. Sus poemas están teñidos de una fuerte narratividad y por ende, su narrativa tiene obvios parentescos con la poesía. "Renzo fue un primer intento por hacer mi poética, pero la idea se transformó en historia y el argumento devino en cuento", explica el autor.

Foto VICTOR CH. VARGAS
La narrativa del ganador. Selenco Vega, tiene obvios parentescos con la poesía.

"Estamos viviendo unos tiempos fascinantes. Termina un siglo y un milenio, cayó el Muro de Berlín y a falta de ideologías los jóvenes deben buscar nuevos espacios de desarrollo. La intolerancia no debe repetirse. Creo que esa búsqueda tendrá a los jóvenes ocupados en los próximos años porque es momento de volverse hacia uno mismo", dice seriamente.
Coherente con esta preocupación, Selenco codirige la revista de literatura "Dedo Crítico" editada trimestralmente por la Facultad de Letras de la UNMSM. Allí los jóvenes sanmarquinos se despachan a su gusto reflexionando críticamente sobre Literatura. Precisamente su tercer número se presenta hoy jueves en el Repertorio Bibliográfico de la Facultad de Letras de la centenaria universidad.


Electra Maligna

Patricia Lisetta Teullet, una economista que maneja la palabra.

CUALQUIERA diría que la Economía no es compatible con la Literatura. Esta primera impresión pudiera incluso ahondarse luego de oír que Patricia está sumergida en tareas de financiamiento de programas de desarrollo en la sierra, o que está diseñando proyectos de reconversión laboral. Esa en realidad, es su vida profesional. Al otro lado, como una suerte de válvula de escape, de goce silencioso, de reconciliación íntima está el juego literario.
Hija de una profesora de literatura de origen italiano, Patricia creció al lado de los libros, oyendo historias fantásticas y recreando las propias. Su libro de cabecera fue "Guillermo" de Richiral Cromtton, autora inglesa que también deleitó la infancia de su madre. "Ahora quiero conseguirlo para mis hijos y no lo encuentro por ninguna parte", se queja Patricia.
De allí a escribir no mediaba más de un paso. Y la economista lo dio aprovechando ocho largos años de estancia en México y un taller de narrativa que le exigía producir semanalmente una historia. "Electra", el cuento con el que obtuvo el Segundo Premio, lo imaginó de un tirón mientras estaba sentada en el Parque Naucali contemplando un cuadro inmenso que aludía a una partida de ajedrez. "Recuerdo que la Reina tenía una cara maligna", dice divertida.
"Tengo varios cuentos pero todos son brevísimos, mucho menos de mil palabras. Electra tuve que agrandarlo para cumplir con las bases". Definitivamente la economía de las palabras es para Patricia, acaso una manía de su profesión.


La Batalla

El sueño desvelado de Jorge Alvaro Santiago Flores.

A los 28 años Jorge Alvaro Santiago Flores (Lima, 1967) decidió cambiar de profesión. Hacía tres que se había graduado de historiador pero el trajinar por las excavaciones, sumergirse en antiguos y polvorosos documentos y bucear entre folios interminables de libros antiguos le producía un intenso malestar en los ojos que su alta miopía no podía soportar. Pero lo suyo eran las letras, y en poesía no andaba descaminado. Es más, desde que estaba en el colegio garabateaba cuadernos con versos que merecieron la aprobación de los profesores. Lecturas y práctica constante fueron puliendo su estilo. Le gusta la sonoridad de Rubén Darío y de José Santos Chocano y siente que su poesía está hondamente impregnada de ellos. Después de ser un lector casi unilineal de poesía, descubrió la prosa a través de Edgar Allan Poe. Los maestros del género llegaron pronto: Cortázar, Borges, Stevenson, En 1988 obtuvo el primer premio en narración en los Juegos Florales de la Villarreal, en el 92 también se hizo del primer lugar en el "Concurso Nacional de Cuento Breve Brevísimo", organizado por la revista "El Ñandú Desplumado", y este año repitió el premio en los Juegos Florales de San Marcos (narración). "La Batalla", es un cuento surrealista producto de los sueños o desvelos del escritor.


Le agrada la sonoridad de la poesía de Rubén Darío y José Santos Chocano.


Trece Años

Como un homenaje a Eduardo Sanseviero, CARETAS publica antología del cuento.


Jurado deliberando: Fernando Ampuero, Abelardo Sánchez León, Jorge Cornejo Polar y Oswaldo Reynoso, en el extranjero, pero no ausentes, Julio Ortega y Alonso Ruiz Rosas.

CUMPLIENDO un proyecto largamente acariciado, CARETAS publica el primer volumen con los mejores cuentos de 1000 palabras seleccionados luego de trece años de concursos ininterrumpidos. 67 relatos pertenecientes a 52 autores han sido antologados en este libro que CARETAS dedica a la memoria de Eduardo Sanseviero, librero de larga data y trajinado oficio quien fuera Jurado de nuestro concurso en la versión del año 1992.
CARETAS sabe que periodismo y literatura tienen obvios parentescos. El misterioso proceso de creación es un poderoso imán que atrae a muchos aunque elige a pocos. Las ficciones no pertenecen solamente al mundo irreal y fantástico del creador sino que se ubican en el tiempo y en el espacio. Tan es así, que los cuentos participantes en el Concurso del Cuento de las 1000 Palabras han servido año tras año de termómetro literario, reflejando el acontecer nacional con una exactitud que ya quisieran para sí algunas encuestadoras del medio.
Al llegar a su décimotercera edición, número cabalístico para los agoreros del destino, CARETAS sigue en sus trece. Consolidando a los valores conocidos, descubriendo a los nuevos y robusteciendo la antigua complicidad que existe entre literatura y periodismo.


Menciones Honrosas

Nuestro viejo conocido Antonio Stoynic obtiene una nueva mención honrosa.

LA literatura es un apasionante ejercicio que fatiga a las musas y, en este caso, también a los jurados. Luego de las consabidas deliberaciones, viajes intercontinentales y faxes de última hora, el sobre que contenía los nombres de los elegidos llegó a la mesa de redacción. El jurado calificador, compuesto por Jorge Cornejo Polar, Oswaldo Reynoso, Abelardo Sánchez León, Julio Ortega, Alonso Ruiz Rosas (los dos últimos fuera del país) y Fernando Ampuero, acordó conceder diez menciones honrosas, que por orden de mérito son las siguientes: 1. "A través de los Escombros", de nuestro viejo conocido Antonio Stoynic. 2. "Serpiente del Paraíso", de Dante Castro Arrasco. 3. "La Abuela", de Ursula Rénique Delpino. 4. "El Zorzal", premio compartido por dos poetas, el chileno Jorge Teillier y el peruano Juan Cristóbal (José Pardo del Arco, según su partida de nacimiento). 5. "La Madrugada Infinita de Purificación Condori", de Reynaldo Santa Cruz. 6. "El Aniversario", de Juan Francisco Peña Curay. 7. "Tanatonautas", de Max Ignacio Tafur Horna. 8. "Amantes Extremos", de Luis Humberto Jhon Mendoza. 9. "Al Pie de Tí", de Diego Martínez Lora. 10. "Off Side", de Jesús Rolando Luque Mogrovejo.


Cuento Ganador

RENZO

ES el día de su cumpleaños y Daniel, con algo casi de pudor sacrílego, ha pedido a sus padres que lo dejen ver el cuarto de su hermano muerto. El deseo es repentino y ha tomado por sorpresa a los dos viejos, que no han tenido tiempo de negárselo.
Cristina, la madre, se dirige al gabinete donde esconde las llaves de la casa, coge con cuidado una de ellas y se acerca, presionada por los ojos impacientes del niño, hacia el cuarto de José, el hijo muerto hace más de trece años. La madre quiere preguntarle al niño, que se ha quedado estático, mirando cómo abre la pesada puerta de bronce, el porqué de su curiosidad, de aquella súbita decisión de lanzarse a explorar lo que hasta entonces nunca había parecido interesarle. ¡Ver el cuarto del poeta muerto!
Mientras oye un ruido suave de bisagras cediendo, Cristina siente un repentino malestar: ha recordado la única vez en que Daniel logró ingresar al cuarto del poeta. En ese entonces -Daniel tendría cuatro años-, en un descuido del que ella siempre se sintió culpable, el niño vació sobre los papeles del muerto un frasco de tinta. Este daño irreparable (ya que en esos papeles se encontraban poemas que Cristina consideraba los mejores escritos por su hijo), le produjo una fuerte desazón que ahora, como un catarro mal curado, se manifestaba en una suerte de inquietud mezclada con rencor, hacia lo que pueda hacer Daniel. Por eso piensa en no dejarlo solo.
-Ya está abierto. Ya podemos entrar...
El niño la detiene en el umbral del cuarto: es imperativo entrar sin ella . También Daniel ha recordado el episodio lamentable de hace tantos años aquí; por eso pide disculpas a la madre y la tranquiliza con palabras sensatas sobre lo que hará, sobre lo que quiere hacer con las sagradas cosas de su hermano. Cristina, resignada, no sabe qué pensar mientras abandona el aposento legendario y desaparece por uno de los corredores de la casa, a reunirse nuevamente con el padre. Por fin Daniel está solo.
Avanza lentamente. No quiere perderse el mínimo detalle. Las cortinas están cerradas, blancas, impidiendo cualquier reflejo de luz sobre un espejo ovalado. Luego de la muerte de José, Cristina se hizo la promesa de no tocar ningún papel del escritorio: quería que todo quedase en el lugar en que su hijo lo había colocado. Durante más de trece años ha cumplido escrupulosamente su palabra: la posición de la cama es la misma desde entonces, y el color de las sábanas.
Hay colgados, en un perchero encima de la cama, tres pantalones y varias camisas planchadas. Más allá, una biblioteca que Daniel recorre con la mirada, pequeña pero repleta de libros, de poesía principalmente, algunas novelas, y aun algunos pocos ensayos.
Enfrente de la biblioteca, al costado de la cama, el escritorio: la pieza de trabajo del poeta. Sobre ella papeles, ya no los que hace tiempo Daniel embarrara con tinta, sino nuevos, manuscritos que éste examina a la distancia, con fervor. Un frasco de tinta, bolígrafos, un reloj despertador puesto a la hora.
En un extremo hay tres libros, que Daniel levanta cuidadosamente, temiendo no devolver luego en el lugar adecuado: El arco y la lira , de Octavio Paz, Poemas humanos, de César Vallejo, y un texto grueso, de color lila, que al pequeño le hace gracia por unas ilustraciones de su autor: la Vox horrísona, de Luis Hernández. Daniel recorre algunos versos de este libro; lo cierra, decepcionado: piensa que los poemas tienen que estar en rima o no lo son. Tampoco los de Vallejo -difíciles- están rimados. ¿Tampoco lo estarán los de su hermano?
Deposita los tres libros sobre el escritorio. Se sienta en el sillón del poeta y hurga entre sus cajones: papeles y más papeles, manuscritos la mayor de las veces ilegibles. Recorre con los dedos la forma de las letras. ¿Por qué se conmueve tanto al hacerlo? Hay muchas actitudes en su forma de ser que no comprende, y como no las comprende se las achaca a su madre, con rencor, porque la considera responsable:
Tú naciste al poco tiempo de morir tu hermano. ¿Sabes?, yo sufría mucho por aquellos días; pienso que eso te afectó, pero es que no podía dejar de recordarlo. En mi dolor yo suplicaba a Dios para que fueras como él; por eso te puse su segundo nombre: Renzo, Renzo como el poeta. ¡Oh, sí Daniel, me encantaba imaginarte siendo lo que él ya no era! Y en medio de mi sueño loco fue que comencé a vestirte igual que a él, y a decirte como a él las cosas y a pedirte que me respondieras como él lo haría... Pero un día me dio miedo, miedo que te parecieras a José, porque se murió tan joven, y no tuve otro remedio más que hacerte a un lado para no estorbar tu vida, y alejé tu rostro triste de mí, tus actitudes que a menudo son tan tristes de mí, y me vine a refugiar por entero en este cuarto, en las cosas de este cuarto, porque no quería permitir que se escapara de mis manos lo único que me quedaba de mi pobre Renzo muerto...
Daniel continúa rebuscando entre los papeles. A cada hallazgo nuevo, aunque no lo comprende del todo, percibe el placer de compartir un momento de la vida de su hermano. Aunque sabe que no están en rima, y que muchos de ellos son apenas esbozos sin concluir, Daniel comprueba que son poemas los que se descubren a su vista, ¡auténticos poemas de su hermano, el poeta muerto! Unos de ellos habla del vacío de la vida, del vacío de la vida "que llega y siempre me encuentra indefenso, siempre estéril y torpe...", del vacío de la vida, "que es un lleno de muerte que me escalofría el corazón y me transporta del mundo-sueño en el que vivo al mundo-realidad-dolor que presiento pero pretendo ignorar constantemente..."
El poema está fechado un 20 de agosto de 19...; es decir, un mes antes de su muerte.
Daniel recorre de este modo otros poemas, ya más familiarizado con la difícil caligrafía del poeta. Ha revisado el primer cajón del escritorio y abre el segundo. Nuevos montones de poemas, junto con un cuaderno muy especial: un diario, escrito, por las fechas que figuran en él, los últimos meses de la vida de su hermano.
El cuaderno está intercalado con una serie de dibujos similares a los que Daniel ha visto hace un momento en Vox horrísona , de Hernández. La caligrafía es particularmente difícil aquí, y se agrava en los apuntes que corresponden a los días previos a su muerte, como si la forma de las letras respondiera directamente a impulsos emotivos de quien la escribió. Hay en este diario una fuerte lucha por no dejarse caer a merced de lo que llama "fantasmas del alma". Algunos apuntes hablan del Arte como una forma de conocimiento, de aprehensión desesperada de ese mundo que ya se le escapaba sin remedio.
Debajo del cuaderno, protegido por un plástico, Daniel descubre una serie de fotografías de su hermano: José Renzo, en el jardín de la casa, con unos amigos, una tarde remota de abril; José Renzo con la madre, a poco de cumplir los diecinueve años; José Renzo, sentado frente a una máquina de escribir (cosa bastante rara, ya que todo lo escribía a mano); José Renzo fumando un cigarrillo, de medio costado, pensando sabe Dios qué cosas y por cuánto tiempo...
Daniel deja las fotografías y se incorpora del sillón del poeta; empieza a recorrer en círculos cerrados los espacios de la habitación. Se detiene ante el espejo ovalado, víctima de una creciente excitación, coge la fotografía del hermano fumando y empieza a comparar ciertos rasgos suyos con los de él; por un momento se siente su hermano: El tiempo retrocede catorce años ahora y José Renzo vuelve a aparecer en su cuarto, nuevamente joven y rebosante de vida.
José Renzo deposita la fotografía encima del escritorio y se sienta como de costumbre en su viejo sillón; busca entre sus cosas un papel en blanco, lo encuentra, coge el bolígrafo azul y escribe como siempre, frenéticamente, deteniéndose apenas para encontrar la palabra exacta. Hoy está escribiendo sobre él y el otro , el otro que es él mismo y que lo posee sin remedio en las tardes solitarias como ésta; escribe que conoce al otro y que lo espera, porque es como su hermano, como su hermano que está muerto y que siempre revive para volver junto a él.
José Renzo termina su poema justo a tiempo para darse cuenta de que se llama Daniel Renzo y de que acaba de escribir su primer poema: tiene los ojos con lágrimas y se pregunta si no estará dentro del vientre de su madre, porque todo le parece limpio y reciente, y porque cree que de un momento a otro va a ser expulsado de allí, como de un vientre, lanzado hacia el mundo que lo espera con el rostro triste como el suyo. Daniel Renzo piensa en estas cosas mientras coloca un título a su poema: "Poema para el otro que es mi hermano". Años después anotará en su diario de escritor sobre los alcances de ésta su primera exploración al cuarto del poeta; no olvidará el más pequeño detalle, ni el valor simbólico de aquel hallazgo. Todo lo anotará años después.
Dejémoslo entonces recorrer una vez más, solo, los espacios cerrados de la habitación, dejémoslo explorar los documentos encima del escritorio, acomodar cada cosa en su lugar nuevamente y salir, cerrando el pesado portón de bronce tras él; dejémoslo atravesar el corredor de la casa, partir a su propia habitación, echarse en su cama presa de una excitación que lo ha dejado exhausto, pensando sin rencor en su madre, dejémoslo quedarse dormido lentamente ahora y soñar, en paz consigo mismo y con sus cosas... Sólo yo, que he sido Daniel Renzo, puedo entender hasta qué punto éste es un ámbito que a nadie más corresponde.


CARETAS 1394