Señor Actor

Por RICARDO BLUME

Un intérprete que no tuvo barreras geográficas.


Actor de mil rostros y personajes. El más célebre y celebrado fue en Collacocha como el Ingeniero Echecopar.

AL hablar de Luis Alvarez estamos hablando sin duda sobre el mejor actor peruano de los últimos cincuenta años. No menosprecio a sus contemporáneos ni olvido, por ejemplo, a Lucho Córdoba, que era muy buen cómico, cabeza de compañía y que desarrolló su carrera teatral principalmente en Chile con esporádicas visitas a nuestro país, siempre a teatro lleno.
Utilizando una terminología teatral ya pasada de moda, Luis Alvarez era un primer actor, alguien que encabezaba elencos, haciendo los papeles protagonistas y que dominaba todos los géneros, desde la tragedia hasta la farsa. Una gran personalidad escénica con una preparación técnica de lo más avanzada para su época.
Luis Alvarez habría sido un primer actor de gran éxito en países como España y México, que son los que mejor conozco por haber vivido y trabajado en ellos. En cualquiera de estos dos países, yo me preguntaba ¿qué actores peruanos tendrían éxito aquí y cuáles son solamente figuras locales? Mi respuesta sobre Alvarez fue siempre la misma: Lucho sería aquí un primerísimo actor, gozaría del éxito y de sus consecuencias, traducidas en prestigio y excelente posición económica.
Cuando visitó otros países como el protagonista de Collacocha (México, Chile, Uruguay) tuvo un éxito impresionante. Los viejos tramoyistas del Teatro del Bosque de Chapultepec todavía lo recuerdan con admiración por su éxito aquí hace 37 años. Y esos servidores de la escena sí saben de teatro.
Pero Luis Alvarez era un actor peruano, radicado en su país, dedicado a hacer el mejor teatro, cine y televisión; dirigiendo obras de primer nivel y enseñando a actuar y a amar el arte teatral, desde la ENAE hasta el Instituto Pedagógico (hoy La Cantuta) o el colegio de Guadalupe.
Víctima de la ignorancia de las autoridades sobre la importancia del arte, y sin una política cultural coherente y sostenida a través de los años y los gobiernos, Alvarez conoció los buenos tiempos de la Compañía Nacional de la Comedia (Bustamante presidente, Valcárcel su ministro de Educación) -destruida inmediatamente por el general Odría- y vivió el final de su vida con una magra jubilación de maestro y contratándose como actor, casi casi de lo que fuera, en su venerable ancianidad.
Ser actor en el Perú ya no irroga infamia (como proclamó San Martín) pero qué duro es. Al final, la ironía macabra del homenaje póstumo. Hay, hermanos...


Por FERNANDO BELAUNDE TERRY

Más Allá de la Muerte

Collacocha: La lección del actor y del dramaturgo sigue vigente en el Perú de hoy.


Dos mil veces subió al escenario con "Collacocha" y las dos mil fue ovacionado. Fue irrepetible y emblemático ingeniero Echecopar.

LA muerte del gran actor de teatro Luis Alvarez, ha conmovido a quienes apreciábamos la magnitud de su aporte a la orientación del país, penetrando profundamente en su destino. En ello ha sido fiel intérprete de Enrique Solari, que se le anticipó en la partida. El autor de "Collacocha" y su actor de siempre con plena identidad en su devoción al Perú y una comprensión clara de su futuro, nos legaron una lección perdurable.
Siempre el campamento de una obra en construcción ha constituido para mí un notable impacto. He recorrido el país una y otra vez, visitando esos centros de trabajo, lo que resultaba más estimulante que el llegar a atractivos y lujosos lugares turísticos. Es que encontraba personas idealistas en todos los niveles. Desde el que comandaba -Dios sabe cuántos ingenieros Echecopar, como el que personificaba Luis Alvarez- hasta el último peón me dejaron algún mensaje inolvidable. Era la lucha contra toda clase de problemas y limitaciones. Los accidentes inesperados, la escasez de recursos, el aislamiento, los derrumbes, los desbordes y tantas otras dificultades. Todas eran encaradas con prontitud, de-cisión y creatividad, aunque no llegaran puntualmente los recursos. En esas circunstancias se podía aquilatar, a menudo, coraje y decisión en el que mandaba y en los que obedecían... A la larga, ter-minada la obra, con franciscana austeridad, comenzaba a sentirse su impacto en la región. ¡Triunfaba al fin el esfuerzo!
Ese drama, que visualizó con tanto talento Solari, tuvo un portavoz extraordinario: Alvarez. Impactaron a sus sucesivos auditorios con un mensaje fiel, realista, promotor de santo entusiasmo, de sabor profundamente poético.
Nos ayudaron ambos a lograr una mayor comprensión del país y sus desafíos. Hace 100 años Piérola lo definía dramáticamente como "un vasto territorio desértico por donde vagan grupos de desconcertadas gentes". Entonces la población era sólo de tres millones. En el año 2000, que está a la vuelta de la esquina, será diez veces mayor. Sin embargo, siempre su densidad de población resultará baja. Si tuviéramos el índice demográfico de algún país asiático, llegaríamos a los tres mil millones. Es que tenemos amplitud de espacio pero estrechez de áreas de cultivo. He aquí el gran reto que hay que seguir enfrentando. Hay que habilitar tierras y electrificarlas, hay que extender los cultivos, hay que lograr una emancipación alimentaria, por lo menos en los rubros básicos. Es que los problemas del Perú no se resolverán con el reparto de la escasez, sino con la creación de la abundancia. ¡He ahí la lección de la obra tan peruana!
Como profesor de ingenieros y constructores, como sincero promotor de la extensión agrícola, en alguna medida, me siento también autor e intérprete del drama de Solari y del mensaje de Alvarez.
Se encuentran ambos ahora en el más allá, pero los sentimos cerca... seguimos deambulando con ellos por Collacocha. Porque la devoción al país no es sólo hasta la muerte... sino más allá de la muerte.


Acto Final

Por ALBERTO ISOLA

La escena nacional perdió a uno de sus hijos predilectos.


Con Ricardo Blume compartió varias veces el escenario. Aquí en una tragedia de Eurípides.

NUNCA pude tutearlo. Siempre fue "Don Lucho". Si es cierto que uno se pasa la vida buscando crear otra(s) familia(s) que reemplacen, mejoren o anulen a la original, el teatro ofrece alternativas impagables para ello. Dentro de mi otra familia (mi tribu, tal vez), Luis Alvarez ocupó siempre el lugar del Gran Abuelo: patriarcal, recio, siempre rodeado de un halo de leyenda y misterio, pero a la vez humanísimo en sus arranques de ira o ternura. De allí el irrefutable "Don" seguido por el "Lucho" inmediato y querendón.
Los actores, tarde o temprano, nos convertimos en los personajes que interpretamos. Y viceversa. Quizás se deba a que, a diferencia de otros creadores, no usamos pluma ni cincel. Nuestro cuerpo, nuestra voz, nuestros sentimientos, nuestros recuerdos y esa cosa elusiva pero indudable que es nuestra alma son nuestros únicos utensilios. Somos también el fruto de nuestro esfuerzo creativo. Nuestra presencia exterior e interior en escena es nuestro equivalente al cuadro, al libro. De allí ese contagio, esa simbiosis que hace que los demás nunca sepan cómo tratarnos fuera del escenario, si están hablando con el ser cotidiano o con el "otro" que aparece sobre las tablas.
Si el actor Luis Alvarez permanece en la memoria de tantos como el ingeniero Echecopar es porque ambos fueron grandes luchadores. A veces tozudos y arbitrarios hasta la irracionalidad pero impulsados por un amor furioso por su oficio y por su tierra. Amor que los llevó a realizar empresas a las que la mayoría no titubearía en llamar "quijotescas" (odio esa palabra, o quizás odie el tonito paternalistamente desdeñoso que ha ido adquiriendo con el tiempo) pero que son lo único que consiguen agrietar esa mole de inercia y cómodo escepticismo en que se ha convertido nuestra existencia.
Nos va a hacer una enorme falta.


CARETAS 1390