Cumbre y Abismo

Por propia voluntad, Ramón Mifflin, el ídolo de ayer, enfrenta hoy problemas ante la justicia.

Hay veces en que el destino es ingrato con quienes alguna vez gozaron de sus favores. Encumbrado ayer en el mundo del deporte internacional, Ramón Mifflin ahora se enfrenta a una acusación de 15 años por supuesto delito de tráfico de drogas. El jugador, por su parte, se declara inocente: la justicia americana denegó su extradición solicitada por España, lugar de origen de sus tribulaciones judiciales. Antes de presentarse voluntariamente en Lima, Mifflin estuvo en Buenos Aires, donde vio a Maradona. El Pibe de Oro, antiguo amigo del Cabezón, le ha ofrecido en un futuro venir con todo el equipo de Boca Junior para un partido benéfico.


En el Cosmos, donde cerebralmente condujo legión de estrellas.

Fotos CARLOS SAAVEDRA

SI con la vida de la gente pudiera trazarse la misma y curvada parábola que un balón pateado por un futbolista dibuja en el aire, la existencia de Ramón Mifflin se detendría en dos imágenes, de origen y de destino.
La primera de ellas, 1960 y tantos, un joven y meditabundo seleccionado con fama de cerebral en un deporte que se hace con los pies, caminando entre callejón de escolta policial a su servicio. La imagen del ídolo.
La segunda, 1995, el mismo futbolista, enfermo de flebitis y várices, fuera de forma y ya maduro, llevado en vilo por la policía entre los pasadizos del Palacio de Justicia, mientras cámaras y reporteros pugnan por una estampa definitiva de la desgracia. "Esto es un circo", dijo entonces el futbolista, cojeando.
Porque la desgracia, si entre varios lugares de esta ciudad habita, se ha aquerenciado en los humillantes y televisados recorridos de inculpados por los pasadizos del Palacio de Justicia, todos culpables hasta que se demuestre lo contrario, hasta que el alambre de un micrófono se enrede en alguna pierna, hasta que una reportera pregunte alguna sonsera que luego, o no, será editada y ante la cual irremediablemente se responde "tengo plena confianza en la justicia peruana".


Una evaluación médica dispuso su internamiento enun hospital. Flebitis y varices acosan al ex crack.

Esta vez le tocó a Mifflin, presente ante la justicia por voluntad propia. ¿;Por qué esperó tanto tiempo para ponerse a derecho? El mismo responde:
-Por dos razones fundamentales. Cuando salgo en libertad en España, que es donde empieza todo mi problema, el juez me entrega mi pasaporte y después de cuatro largos meses, me informa que el juicio oral recién se iniciaría cuando menos seis meses después. La verdad es que yo no tenía cómo mantener a mi familia y cómo trabajar en España. Por eso regresé a Estados Unidos, donde tenía algunas posibilidades de trabajo. La segunda razón es porque verdaderamente fui engañado por unos abogados aquí en Perú, quienes tan sólo me pedían dinero para solucionar mi situación "sin necesidad de presentarme". Luego me puse en contacto con mis actuales abogados, Carlos Mifflin -mi primo- y Mario Moretti, quienes luego de estudiar el expediente me informan sobre lo complicado de mi situación jurídica y, sin dudarlo ni por un instante, decido ponerme a derecho, porque me considero inocente.
-¿;Sabe que pesa sobre usted una acusación del fiscal por 15 años?
-Sí, lo he pensado. Pero reitero que me siento definitivamente inocente. Si yo fuera realmente culpable, me hubiera quedado en otro país, en cualquier lugar del mundo, viviendo tranquilo y feliz. Pero mi deseo es que se aclare mi situación.

EL REGRESO

La primicia la dio su amigo y colega Teófilo Cubillas, en pleno y trunco clásico. En el aire, contó que Mifflin había venido a Lima a ponerse a derecho y que él haría todo lo que estuviese de su parte para ayudar a Ramón. Esos son amigos. Aunque lo mismo no podría decirse de Manuel López Bernales y Carlos Elías Castro, conocidos de Mifflin de La Punta, los mismos que de alguna manera coadyuvaron a meterlo en este lío. Ellos fueron detenidos en octubre del 87 en el aeropuerto de Barajas, España, llevando un maletín con 13 kilos de clorhidrato de cocaína. Mifflin quedó implicado cuando ellos revelaron que el pasaje lo habían recibido de él. La respuesta de Ramón fue que él simplemente había ayudado a estos amigos que se habían quedado varados en Bruselas y querían ir a España.
A los peruanos se les abrió proceso en España, en el que Mifflin quedó sólo en calidad de testigo, pero el propio Mifflin reconoce que fue un error de su parte el no haberse presentado al proceso y así quedar bien librado de tal malentendido. Más aún, años después, cuando la justicia española exige la extradición de Ramón Mifflin de los EE.UU., el tribunal del Distrito Sur de La Florida (proceso 94-3677), presidido por el primer magistrado William Turnoff, establece que "sea denegada la extradición", concluyendo que "los documentos presentados para respaldar la solicitud de extradición no establecen una causa probable para que Ramón Mifflin Páez sea culpable de los delitos de los cuales se le acusa." En similar dictamen se manifestaron el juez Barry Garber y la fiscal Brenda G. Bryn.
Con estos dictámenes en la mano, Mifflin decidió definitivamente su regresó.

DEL ORATORIO AL COSMOS

Amiguero, noctámbulo, extrovertido, el Cabezón se caracterizó desde el precoz e inicial comienzo de su éxito en cultivar la amistad en masa, generosa y sin cálculo. Sus pinitos como futbolista ocurrieron en el Oratorio de Magdalena, sagrada cuna de grandes cracks, donde peloteaba con Roberto Challe, Joaquín "Chamaco" Vera Tudela, y Héctor "Atómico" Bailetti. Fue el profesor don Eugenio Castañeda, quien tuvo el ojo de llevárselo al ya desaparecido club Centro Iqueño, donde los futbolistas jugaban más por amor a la casaquilla que por las propinas que ahí recibían. De ahí pasó al Defensor Arica, para luego engrosar las filas del Sporting Cristal. "No soy ningún santo", declaraba ya entonces, conocido por sus míticas aventuras en un Impala rojo descapotable que iba y venía por el entonces estrecho túnel de La Herradura. Lima era otra ciudad, y Mifflin era joven, bien pagado, un ídolo del que no era difícil hacerse amigo.
Y llegó México 70. La selección peruana deslumbró por varios motivos. Entre ellos, una sólida y compacta defensa. Una delantera arrolladora. Un Niño Terrible. Un Nene Genial. El Pícaro Perico. Y, desde el centro de la cancha, administrando pelotas, oxigenando sectores, destruyendo ofensivas rivales, un silencioso y cerebral mediocampista que respondía a contundente apelativo: El Cabezón Mifflin.
Perú quedó eliminado en los octavos de final, al caer 4 a 2 ante Brasil. Finalizado el encuentro, la Perla Negra del Brasil, el rey Pelé, cruzó la cancha para intercambiar camisetas con este ingeniero del fútbol.
Luego del mundial, los amigos y la fama aumentaron. Tomándole el pelo justamente por esta animada reputación, en 1971, cuando debutara en el cine en el papel de Julio Baca de Castro, licencioso hijo de un despótico hacendado que aparecía en escena bebiendo y pasándose de mañoso con una joven, CARETAS se preguntaba "¿;qué hace nuestro admirado, saludable, entrenado, bebedor de agua y de yogurt Ramón Mifflin, estrella del Cristal y miembro de la selección nacional en estos afanes antirreglamentarios?"
Este talante festivo, que en nada suplantaba a su real valía futbolística, le afianzó nuevas oportunidades tanto laborales como de mero codeo con personalidades, roces que no desaprovechó para inmortalizarlos, según la usanza obliga, en decenas de fotos donde el jugador aparece abrazando, tocando, acercando su cara al de alguna celebridad. Fue Pelé, al ser tentado por el Cosmos de Nueva York, quien a su vez recomendó a Mifflin ante los gringos. Es que tenía en el recuerdo el cerebral juego en México 70, luego su descollante conducción del Racing en Argentina, y el compartir equipo en el Santos de Brasil. Los dirigentes del Cosmos le dijeron lo siguiente a Pelé:
-De acuerdo, viene Mifflin, pero a prueba por tres meses. En cuanto a su sueldo se lo pagará usted, señor Pelé. Si rinde, el Cosmos lo contrata y nosotros le devolvemos su dinero.
El Cosmos lo contrató, y Mifflin tuvo la oportunidad de jugar al lado de Beckenbauer, Chinaglia, Paulo César, y el escocés George Best, el mismo que tranquilamente se despachaba 15 vodkas antes de cada partido porque, en fin, jugaban contra gringos aún bisoños. Naturalmente, en Nueva York el Cabezón también hizo amigos. Uno de ellos fue Henry Kissinger, un hincha más del Cosmos.
Un día Mifflin estaba en Giants Stadium con su compañero y colega Eloy "El Doctor" Campos, cuando este último identificó a Henry Kissinger entre los asistentes.
-A ver, ¿;no decías que era tu amigo? ¡Salúdalo, Cabezón!
-¿;Tas loco? Si quiere, que me salude él.

Segundos después, Campos quedaba boquiabierto cuando el mismísimo Kissinger se levantaba para saludar al jugador peruano.
-¡Ramoncito¡ ¿;Qué ha sido de tu vida?
-¿;De dónde lo conoces?, preguntó Campos.
-Compadre, no sabes las partidas de póquer que nos hemos mandado con Henry.
Luego del Cosmos, Mifflin jugaría en el Santa Fe de Colombia y finalmente en el Colonia de Alemania, donde terminó su carrera como jugador profesional, aunque siguió presentándose en partiditos benéficos, en Patterson y en los penales de Lima.


Mifflin no sólo era querido en las canchas. La noche, el espectáculo, lo engreían.

MENOTTI Y MARADONA

Antes de venir a Lima, Mifflin estuvo en Buenos Aires, visitando algunos amigos. Vio al Flaco Menotti, quien pagó la fianza cuando Ramón estuvo detenido en España. Vio a Maradona, que aún no ha olvidado al amigo peruano que le hizo ganar 2 millones de dólares en unos 10 minutos. Fue cuando Mifflin le consiguió el contrato, 10 % de comisión mediante, por un comercial de la Xerox donde el argentino tenía que hacer un gol de chalaquita en un arco diminuto. Tenían dos días para lograr el tiro. Maradona lo hizo al primer intento.
Sus amigos del 70, aquellos inmortalizados en la polca de Eddy Martínez, lo visitaron en mancha en el Dos de Mayo. Desde ahí, acompañado de su esposa Ingrid y su hijo mayor, Ramón, Mifflin adelantó lo primero que haría, de ser declarado absuelto:
-Ir a la casa de mi adorada madre para abrazarla y decirle cuánto la quiero y también pedirle perdón por estos momentos difíciles.
En 1989, rompiendo el silencio en entrevista exclusiva a CARETAS, Mifflin decía que si alguien volvía a pedirle ayuda, lo que él le daría sería una patada.
Seis años después, no pudo cumplir su palabra. Estando detenido en la carceleta del Palacio de Justicia se vio cara a cara con un muchacho detenido que tenía una severa infección en el oído y ningún recurso para medicinas. El Cabezón, con la misma discreción que acostumbraba dentro de las canchas, lo ayudó.


Volantes de oro, Ramón Mifflin y Roberto Challe. Derecha, Teófilo Cubillas, el amigo que lo apoya.



GARRA Y CEREBRO
Ramón Mifflin tuvo una actuación sobresaliente en el mundial de México 70. En el partido contra Brasil, que resultó campeón del mundo, se encargó de marcar nada menos que al rey Pelé. Al final ambos intercambiaron camisetas y luego jugaron juntos tanto en el Santos de Brasil como en el Cosmos. Mifflin fue el matemático conductor que cualquier equipo del mundo quisiera tener.



MILLON AL MINUTO
Dos genialidades, dos temperamentos, dos amigos: Maradona y Mifflin. El primero vio brillar al "Cabezón" en las eliminatorias de México 70. La amistad de ellos se inició cuando Mifflin jugaba en el Racing Club. Luego se volvieron a reencontrar cuando ambos promocionaban el fútbol en los Estados Unidos. Mifflin consiguió un jugoso contrato en el Japón para Maradona. Le hizo ganar 2 millones de dólares en 10 minutos. El argentino no lo olvida.

CARETAS 1388