Desde Fuera

Por LUIS PASARA


Ajuste de Cuentas

EL punto de partida del más reciente libro de Fernando Mires aparece hacia el final: "la sociología ha causado ya bastante daño, especialmente a los pobres. Ha llegado la hora de cuestionarla"(p.168). A eso está dedicado este volumen, editado por Nueva Sociedad, cuya lectura resulta genuinamente imprescindible.
El interés del tema reside en la importancia adquirida, en muchos de nuestros países, por interpretaciones de la sociedad que, presentándose como científicas, han orientado y conducido diversos esfuerzos para transformarla; con resultados muy poco satisfactorios. La razón del fracaso acaso ha sido hallada por Mires. Para él, la sociología latinoamericana ha construido sus interpretaciones de la realidad, no a partir de ésta, sino desde la necesidad de fundamentar proyectos políticos de "modernización", sucesivamente fracasados.
Ha sido, pues, más poder que conocimiento. "El pensamiento sociológico latinoamericano ha sido construido siguiendo los dictados del discurso de la modernidad, (...) Su principal objetivo ha sido buscar -y a veces ha creído encontrar- al actor social de un tipo de desarrollo prefijado de acuerdo a relaciones económicas y de poder" (p. 119).
Pero ese desarrollo -en sus versiones industrializadora y exportadora- ha desembocado en un incremento de la pobreza. Muchos miles de millones después -en inversión directa, préstamos, especulación en bolsa y donaciones de cooperación-, la pobreza sigue aumentando. Es que, precisa el autor, la pobreza no es principalmente fruto del atraso, sino consecuencia directa de ese "desarrollo". Es decir, "la desarticulación y no integración al proceso productivo de vastos sectores de la población" viene a ser "la producción social más característica de las relaciones industriales (modernas)" (p. 75).
En "El discurso de la miseria o la crisis de la sociología en América Latina", que es el título del libro, las diversas corrientes interpretativas son sometidas a una crítica tan lúcida como despiadada. Marxistas y funcionalistas, defensores de la teoría de la dependencia, de la marginalidad o de la informalidad, los principales nombres de la sociología regional pasan por un análisis riguroso. Del que casi no sale títere con cabeza. Ni los de mayor prestigio -como Gino Germani o Raúl Prebisch- ni los que lograron más prensa, como Hernando de Soto.
Es que el argumento central de Mires enfila la proa contra la concepción misma de sociedad que han usado implícitamente tirios y troyanos como proceso sujeto a leyes, que conduce a resultados previsibles, cuyo descubrimiento habría de ser tarea sociológica. Su postura, aclara "no significa pensar que las cosas de este mundo no cambian. Significa solamente pensar que no cambian siguiendo un orden predeterminado. Tampoco significa pensar que el azar es el principio regulador de la vida. Significa solamente pensar que no son determinadas lógicas las que determinan procesos sociales sino que son éstos últimos los que producen sus propias lógicas, de acción y de pensamiento" (p. 33).
Atentos a imponer su proyecto ideológico a los actores sociales, los sociólogos a menudo han mutilado la realidad para hacerla encajar en el proyecto. Mires la emprende contra lo que él denomina "las sectas académicas" y "las llamadas instituciones científicas" que "no han hecho otra cosa sino introducir al interior de las llamadas ciencias sociales dogmas reguladores" (p. 162).
El autor sostiene, con un conocimiento manifiesto, que en los hechos "el pensamiento científico de una institución no tiene mucho que ver con la cientificidad pura, sino con relaciones de poder (y de dinero) que se establecen al exterior y al interior de ella" (p. 45). La CEPAL recibe en el libro un descarnado examen.
Con un muy buen manejo de la bibliografía latinoamericana, el libro de Mires defiende tesis altamente polémicas que deberían abrir un debate fundamental. Que no sólo someta al control de calidad, como no se ha hecho, la producción sociológica nuestra sino también el rol social de los científicos sociales.
Entre las deudas por cobrársenos, en ese necesario ajuste de cuentas, una de las mayores es haber adherido acríticamente a modas de pensamiento, aceptado modelos de interpretación y adoptado temas de interés que vinieron de fuera. Todo ello -a veces inducido por la disponibilidad de recursos financieros- nos ha privado de desarrollar un pensamiento propio. Que es lo que reclama Mires.
Su reclamo debe ser atendido. No debe ser objeto de esa conspiración de silencio con que frecuentemente se ha respondido en la sociología a las ideas disidentes. Y que ha sancionado al discrepante con "la soledad de quien debe quedarse a veces solo, o sin más compañía que sus propias convicciones" (p. 174). Esta vez, la amplia insatisfacción existente con el producto de las ciencias sociales hará que Fernando Mires, después de publicar este libro desafiante, no pueda sentirse solo.

CARETAS 1367