El Nudo del Cóndor

En una semana vocinglera para el Ecuador y de silencio impenetrable para el Perú, el conflicto de la cuenca del Cenepa ha bordeado el peligroso filo de la guerra.

La zona que falta delimitar ha sido la fuente de tres graves conflictos: Falso Paquisha en 1981, Pacto de Caballeros en 1991 y la cuenca del Cenepa en este enero de 1995.

Vista de la Cordillera del Cóndor, la muralla natural que debería dividir, como lo señaló el fallo de Brass Dias de Aguiar de 1945, la frontera entre el Perú y el Ecuador. Der., presidente Alberto Fujimori: riesgoso ajedrez.

DE buenas a primeras, el Perú se ha visto comprometido en un conflicto armado con el Ecuador que nadie esperaba.

Días antes de que empezaran las hostilidades, el canciller Efraín Goldenberg intercambiaba cocteles con su homólogo ecuatoriano en Santa Cruz de la Sierra, preparando la cumbre que los días 2 y 3 de febrero conmemorará el bicentenario del nacimiento del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, en Cumaná (Venezuela).
El 25 de enero los representantes diplomáticos de Estados Unidos, Brasil, Argentina y Chile emitieron una declaración.
En ese mismo día, el Consejo de Seguridad Nacional del Ecuador emitió un comunicado indicando que helicópteros peruanos volaron por la Cordillera del Cóndor, la zona del Cenepa-Coangos, donde se habían producido los incidentes del 9 y el 11.
La referencia más importante del comunicado señalaba que el presidente Sixto Durán Ballén había convocado la mañana del 24 a los "embajadores de los Países Garantes del Protocolo de Río" para darles a conocer oficialmente lo sucedido y solicitarles su cooperación.
De inmediato Torre Tagle reaccionó saludando el que Ecuador usara el término "garantes" en vez de "países amigos" que es el que prefiere para guardar correspondencia con su recusación de la validez del Protocolo de Río.
Sin embargo, el día 26 mientras Goldenberg ofrecía la conferencia de prensa que respondía al Consejo de Seguridad ecuatoriano, en la cuenca del Cenepa empezaban las primeras hostilidades que habrían de desencadenar el conflicto.
En los medios diplomáticos se considera que resultaba extraño que tanto Goldenberg, como el canciller ecuatoriano Galo Loero Franco , se manifestaran optimistas cuando las decisiones del comando militar ya habían trazado su línea de acción.
Loero el día 26 de enero en una entrevista por TV aseguró que los mandatarios de ambos países habían conversado telefónicamente.
Agregó, crípticamente, que "ojalá las últimas tensiones castrenses sean un puente que nos conduzca ya a una verdadera situación en la que no tengamos más incidentes". Esto se ha interpretado como una supeditación por parte del Ecuador de las acciones militares a las acciones diplomáticas. Respecto al uso del término "garantes" dijo que "amigos son todos los países. Según el Protocolo, son garantes y, se diga lo que se diga, éste está vigente".
Como siempre ocurre en estos casos, ambos países se exculpan y reprochan al contrario una voluntad agresora.
El primer comunicado peruano habló de "ataque artero", mientras que Ecuador decretaba un "estado de emergencia nacional".
Los acontecimientos entre el 26 y el cierre de esta edición -martes 31- se han desarrollado vertiginosamente, de forma que más que certezas, lo que se puede intentar son hipótesis para interpretar un panorama al que las versiones oficiales contribuyen a hacerlo más confuso.
Lo más prudente, frente a la foresta encendida, es guardar en lo posible una actitud razonable. No ayudan a ello, el múltiple bullicio desarrollado por Ecuador ni tampoco el silencio grave de las autoridades peruanas.
Una primera duda es, objetivamente, saber quién inició las hostilidades. La primera presunción es que tanto Durán Ballén como Fujimori Fujimori se vieron al frente de hechos consumados.
Ello significaría que el comando militar se impuso al mando político. Experimentados generales peruanos en retiro consideran que, por el contrario, hay diferencias en las relaciones del mandatario ecuatoriano y los mandos castrenses y entre éstos y el presidente Fujimori.
  • Durán es un mandatario debilitado que recupera terreno con el conflicto, ha pasado de 10% de aceptación a un 17% en estos días, y según se rumorea en Quito depende en alta medida de los mandos militares. Alberto Fujimori, en cambio, se ufana de tener en sus manos el mando político y militar, así como el diplomático, el económico y el legislativo. Sería improbable que esta vez se resista a la tentación de ser el auténtico forjador del triunfo frente al Ecuador.
  • Un detalle adicional: si alguien ha tenido hasta el momento perfil particularmente bajo es el comandante general del Ejército Nicolás Hermoza Ríos, el "general victorioso" en la guerra antisubversiva según lauro otorgado por el oficialismo y sus corifeos.
    Ya es tradición que enero sea un mes caliente para las relaciones entre Perú y Ecuador. En ese mes, explotó lo de Falso Paquisha. Pero en el lío de 1991 el mes elegido fue agosto.
    Esta vez, sin embargo, en la población peruana corrió más rápido que de costumbre la idea que el Perú agitaba las aguas con propósitos electoreros.
    Es una suposición arriesgada. Parte del hecho que antes de los sucesos del Cenepa, Fujimori experimentaba una baja en las encuestas y el equilibrio castrense se rompía por el asunto del narcotráfico y las amistades castrenses de los hermanos López Paredes.
    Si uno piensa quién gana políticamente más en este asunto, Durán tiene menos que esperar que Fujimori, un hombre en pos de la reelección en primera vuelta. La eventualidad de una defección en el conflicto liquidaría a Durán pero su carrera política está ya cerrada. Fujimori, en cambio, está a la caza de operativos bienhechores que lo coloquen en el podio de los triunfadores.
    Un juego de esta naturaleza supone no sólo ser un "timbero" de marca mayor (Fujimori sabe patear el tablero y no le tiembla la mano) sino también tener una información cabal de la situación del enemigo.
    Ecuador ha reaccionado con eficacia propagandística en el exterior. Ha tenido de aliada a la prensa, en contraste con el cierrapuertas informativo del Perú. Y con singular exaltación en el frente interno. Ambas cosas podrían ser señal de que estaba preparado de antemano para hacer frente a una ofensiva o a una respuesta peruana.
    Es posible, sin embargo, que los operativos de guerra sicológica e informativa estén en la orden del día en Ecuador con previsión reiterada. Como lo han estado todos los pasos diplomáticos que sin cejar viene dando para conseguir la imagen externa de país débil. El David frente a Goliat.
    En ambos propósitos, sin embargo, Ecuador no logra borrar el espectro de "majadero" que, con sorna, le atribuye el ducho Guillermo Hoyos Osores.
    Javier Peréz de Cuellar: llamada de atención.
    Vicecanciller Eduardo Ponce y Alexander Watson de EE.UU. asistieron a la cita de Rio iniciada el martes 31.
    General Nicolás Hermoza Ríos: bajo perfil.

    Si, en efecto, Fujimori se ha jugado todas las cartas promoviendo el conflicto, ha entrado en un terreno de incalculables consecuencias políticas. Sería demasiada evidente la intención y eso acarrea el escepticismo de la gente: a nadie le gusta verse manipulado hasta el punto de colocarse ante el filo -siempre hiriente y costoso- de la guerra.

    Por lo pronto, se supone que una acción de desalojo de puestos de vigilancia en territorio peruano debe ser rápida. La ofensiva de 1941 duró menos de un mes. La de Falso Paquisha menos de una semana. Ahora, pese a la clausura de las informaciones, llevamos una semana y la niebla domina.
    Si el conflicto dura demasiado, además del costo económico, la cuestión política puede irse volteando si además la opinión pública está en la penumbra. Se plantea también un ajedrez diplomático complicado. El presidente Fujimori ha dado ya muestras de creerse poseedor de un arte diplomático insólito que puede prescindir de expertos y del servicio mismo.
    Sus visitas y su propuesta al Ecuador de noviembre de 1991 representaron una audacia, pero también un fuego de artificio. (Ver recuadro).
    Hay un contraste entre la conducción diplomática de Sixto Durán y la de Alberto Fujimori. El primero, como lo ha recordado el embajador Felipe Valdiviezo, ha logrado sentar en la mesa a ex presidentes de enconos proverbiales. Y naturalmente tiene congregados a los mejores hombres de su cancillería.
    Alberto Fujimori no ha consultado a Fernando Belaunde Terry, cuyo manejo en el conflicto del falso Pasquisha de 1981 ha sido ahora destacado, no ha convocado a la Comisión Consultiva de RR.EE. y, por cierto, no ha promovido ningún diálogo con fuerzas de la oposición, entre las que destaca la personalidad de Javier Pérez de Cuéllar, quien sería invalorable para cualquier país en un diferendo del calibre del de hoy. Además, se podría diferenciar la continuidad de Ecuador en el tema Perú con los bandazos del gobierno de Fujimori. Fujimori puso todos los huevos en la canasta de Carlos Menem, presidente de Argentina. Y vaya que si ha sido poco cortés su propuesta de que el litigio peruano-ecuatoriano pase a las Naciones Unidas. (ver recuadro La fatiga de los garantes)
    Algo de eso tal vez barrunte Ecuador en cuanto ha cambiado su actitud frente a los garantes. Les reconoce la condición de tales, acepta la validez del tratado, va a Río a las conversaciones del martes 31. Lo que plantea es que el Tratado es inejecutable en la demarcación de los 78 kilómetros faltantes y que ahora, producido el conflicto bélico, se paralicen las acciones sin ninguna condición (es decir sin que tenga que retirar sus tropas del territorio nacional).
    No es poca cosa, finalmente, que la gente empiece a considerar que los frutos del ahorro fiscal de estos años y los ingresos por privatizaciones en vez de dirigirse a la inversión social se desvíen, de nuevo, a armas y vigorización de nuestras FF.AA.
    A raíz de los incidentes del Cenepa, se han levantado muchas voces acerca de la disminución del poderío militar peruano, producto del ajuste, las bajas remuneraciones y la tesis del desarme unilateral.
    El íntegro de las fuerzas políticas se ha unido en torno a los objetivos del gobierno y de las FF.AA. en el conflicto del Cenepa.
    La mayoría de los grupos en campaña electoral ha disminuido sus actividades. JPC aplazó su viaje a Europa y ha anunciado que paraliza la campaña hasta que se diluya el riesgo de una conflagración y se encuentre el camino de la paz.
    Fernando Belaunde y su ex canciller Javier Arias Stella han ofertado ideas y sugestiones valiosas, recordando las semejanzas y diferencias con la situación vivida en 1981
    La mayoría de los políticos ha declinado señalar, por ahora, los que en su concepto han sido errores de concepción y de estrategia que han llevado a la decepcionante situación actual.
    Pero algo sí no ha sido pasado por alto. El gobierno y las FF.AA. no deberían negociar sin que previamente las fuerzas ecuatorianas instaladas en territorio patrio no hayan sido expulsadas.
    La cuestión del cese del fuego está en el tapete y ha sido el pedido expreso de los viceministros reunidos en Brasil el martes 31. En una reunión la noche del mismo martes con los directores de los diarios y canales de TV, el presidente Alberto Fujimori habría indicado que los titulares de la prensa de ese día eran correctos: el Perú ha podido desalojar 4 puestos de vigilancia ecuatorianos y que faltaban 2 más para considerar que la incursión ecuatoriana en el territorio de la cuenca del Cenepa estaba conjurada.
    Si esto es así, el Perú estaría en disposición de aceptar el cese del fuego. Ecuador ha insistido desde que se iniciaron las acciones bélicas que está dispuesto a acatar un cese del fuego inmediato siempre y cuando se respeten las posiciones de sus tropas ( lo que equivale a reconocer que las tiene ganadas). La noche del martes en Brasil es decisiva para saber si, en definitiva, se produce la tregua bilateral.
    Conforme lo señalara JPC la existencia de puestos ecuatorianos en nuestro territorio conlleva la cuestión de cuánto tiempo hace que se ha producido tal instalación y por qué razones no fueron eliminados en el mismo momento que se detectaron por parte de las patrullas peruanas.
    Según todos los indicios en noviembre del año pasado se tenía la certeza de que Ecuador estaba instalado en territorios peruanos a 4 o más kilómetros de la frontera. Esta ha sido la táctica habitual y provocadora del Ecuador.
    Cuando Fernando Belaunde en 1981 tuvo la certeza que eso ocurría en tres de los puestos de vigilancia originalmente peruanos, dispuso de inmediato su eliminación, tras dar un plazo de 48 horas al gobierno de Jaime Roldós. Y recién, cuando se tuvo la certeza de haber desalojado la zona, se aceptó el pedido de los países garantes de proceder al cese del fuego. Y se continuó la negociación hasta obtener de Ecuador el compromiso de mantenerse en el sector occidental de la Cordillera del Cóndor.
    Es más: en febrero, los países garantes enviaron observadores militares para que comprobaran en el lugar el cumplimiento cabal del cese del fuego. Esta vez, no ha ocurrido así. Y JPC, en un mensaje a la nación dirigido la noche del martes, ha lamentado que el Perú se siente en la mesa de negociaciones en Rio sin que se haya confirmado el retiro "total e incondicional" de las fuerzas militares extranjeras, "sin lo cual no puede haber cese del fuego".